Columna de TV: "El Mejor de Chile"

Esta semana llegamos a la mitad de ese espectáculo orgiástico y apolíneo llamado Juegos Olímpicos. Para muchos, una vitrina de musculaturas perfectas, velocidad y fuerza, repleta de dulces para la pupila que -el o la televidente- devoran embelesados, a menos que se trate de la competencia femenina del levantamiento de pesas, claro, una competencia que por otro lado, debe ser de las más emocionantes que existen.

La transmisión de las Olimpiadas tiene algo de mágica: convierte a los comentaristas peloteros en expertos de cuanto deporte hay alrededor del planeta, y a uno, en testigos de instantes electrizantes segundo tras segundo. Porque televisivamente las Olimpiadas son una oda al angosto pero profundo abismo que existe entre el drama y el triunfo: una imperceptible pero infinita brecha de milésimas de segundos o escasos centímetros. El lugar donde se desbarranca el trabajo de años o se elevan los puños triunfantes.

Y de triunfantes puños chilenos las Olimpiadas han estado ausentes. Algo que no debería sorprender a nadie, porque el único lugar donde nos suele ir peor que en las citas olímpicas son los mundiales de fútbol. Por eso llama la atención la patudez de muchos que a través de las redes sociales, se atreven a preguntar si el cuarto lugar olímpico de Tomás González en la competencia de suelo es un logro o un fracaso. ¿De qué país hablan? El fracaso no es que Kristel Köbrich no llegará a la final. El verdadero fracaso del país, es que una de las mejores nadadoras que han existido en su pequeña historia, hable con acento argentino cuando enfrenta las cámaras, el acento del país donde tuvo que emigrar para entrenarse a buen nivel. Porque parafraseando a Don Nicanor Parra, a un país no le basta con ser un hermoso paisaje. Necesita triunfos, épica, ganadores que de alguna manera apuntalen su autoestima.

Quizás el drama más profundo, es que esos exiguos casos de chilenos de nivel mundial tienen un punto en común: mucho antes de poder vencer a competidores foráneos, debieron derrotar a su propio país. De las dificultades sociales, a la falta de entrenadores, infraestructura y competencias, en un país donde se practica deporte casi tan poco como se ejercita la lectura. Dificultades que se extienden a muchas esferas culturales: de lo científico a lo artístico.

Quizás se sea el punto más interesante que explota “El Mejor de Chile”, el nuevo programa de talentos de TVN que debutó este viernes liderando en sintonía: la promesa de que no importa de donde vengas, quien seas o como te veas. Lo que importa en esta competencia de talentos es simplemente la voz. Acá no hay freaks invitados a hacer el ridículo frente al país, y deleitarnos con el trolleo frente a la pantalla, ni se premia la imitación de un otro siempre famoso. Acá se buscan voces. Y el backstage, los ensayos e incluso la presentación misma, con ese golpe de efecto de que todo depende de la aprobación de un masivo público puesto de espadas al competidor, son casi anexos. Acá la verdadera carne del programa son las historias de los competidores: del ex anoréxico que vio morir a su mejor amiga por la misma enfermedad, a la señora con cierto nivel de discapacidad física. Pero aunque la mayoría canta bastante bien, como todo programa de talento made in Chile la competencia termina siendo un simulacro. Porque si no son imitadores hacen covers. Acá, los verdaderos creadores la mayoría de las veces deben enfrentar la desidia, los prejuicios y el trolleo de sus compatriotas y mostrarse afuera. A México o España. Y recién luego de eso, recibir algo de apoyo en su propio país. Si no, pregúntenle a grupos como Astro o Dënver.