Columna de Juan Manuel Astorga: "El hombre que ya es leyenda"

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Espionaje, traición, sexo, conflictos diplomáticos, alta política y un protagonista enigmático. Pocas veces encontramos noticias que contengan todos estos elementos en una misma historia. La de Julian Assange es una de ellas.
Este hombre, un australiano de 41 años, es el epicentro de uno de las controversias internacionales más interesantes de los últimos años. Su biografía y los alcances de ella permiten múltiples análisis.
Su vida tomó un perfil público cuando en abril de 2010 publicó en su página web, llamada Wikileaks, un video de 39 minutos en el que se apreciaba cómo dos reporteros de la agencia Reuters caían muertos bajo los disparos de un helicóptero estadounidense en Irak. Esa imagen dio la vuelta al mundo y el sitio que la divulgó se transformó en el emblema de las revelaciones.
Después de hacer pública esa grabación, Wikileaks empezó a divulgar documentos secretos que Assange obtuvo de la CIA sobre la muerte de unos 20 mil afganos y de 15 mil civiles de Irak, durante la invasión de ese país del Golfo Pérsico.
Así fue creciendo esta bola de nieve. Informantes anónimos dispuestos a revelar los secretos mejor guardados de EEUU se animaron a hacerle llegar al australiano múltiples documentos sobre diversas cosas. Se fueron conociendo detalles de los horrores de Guantánamo, del espionaje de los embajadores estadounidenses, de las fiestas sexuales del ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi y de los turbios negocios que provocaron la crisis económica en EEUU. Así fue como llegó a ventilar más de 250 mil documentos hasta entonces secretos.
Muchas cosas se supieron gracias a Wikileaks. Por ejemplo, que la embajada estadounidense en París calificó al ex presidente Sarkozy de tener una “piel fina”. O que desde la embajada de Washington en Moscú se emitieron cables que hacían referencia a la relación entre el presidente ruso Dimitri Medvedev y el primer ministro Vladimir Putin, en las que hablaban de “Batman y Robin”.
Chile no escapó al espionaje norteamericano y a las posteriores divulgaciones de Assange. Así fue como supimos que la embajada norteamericana en Santiago se refería a Michelle Bachelet como “un trozo de carne: rosada por dentro”, o que la consideraba una “buena persona pero mala Presidenta”. Sobre Piñera también se escribieron varios memos internos, refiriéndose al entonces candidato como un hombre que “maneja la política y sus negocios al límite de la ética y la ley”. En fin. Hubo de todo.
Se podrán imaginar entonces que Wikileaks y su administrador se volvieron un verdadero dolor de cabeza para EEUU. Por lo mismo, había que detenerlo y procesarlo por divulgar secretos de Estado. Eso se paga alto, con la pena capital. Pero Assange, radicado en Londres, confiaba en que Gran Bretaña jamás lo entregaría a Washington porque el país europeo podía considerar un precio demasiado alto de pagar con la vida el haber hecho pública información que, aunque clasificada, era útil conocer.
Pero las cosas se le complicaron a Assange por el lado menos pensado. El 2010 concurrió a una conferencia en Suecia sobre el papel de los medios en los conflictos. El evento había sido organizado por una rubia de 28 años llamada Ana Ardin a quien conoció por Internet. La mujer, de personalidad gentil, lo acogió en su casa. Eran épocas en las que Assange ya no se registraba con su propio nombre en hoteles ni pagaba con tarjetas de crédito, por si alguien lo andaba buscando. Aceptar la invitación de la joven era muy conveniente.
Tuvieron sexo una noche. Pero no sólo con ella. Estando en Suecia conoció a Sofía Wilen, otra mujer que sucumbió a sus encantos y con quien terminó también en la cama. De ambas se despidió cordialmente tras su breve pero intenso paso por Estocolmo. Meses más tarde, la justicia Sueca lo requirió para interrogarlo. Las dos mujeres lo acusaron ante la policía porque se había empeñado en “practicar sexo sin preservativo y sin consentimiento”.
En Suecia este hecho es considerado de extrema gravedad porque la mujer puede reclamar que se atentó contra su cuerpo poniéndolo en evidente riesgo. Se le podía procesar por haber hecho “sexo por sorpresa”, que en Suecia es la relación íntima sin preservativo.
Tras ser citado a declarar en Suecia por estos casos, Assange sospechó lo peor: todo era un montaje y si dejaba Londres sería extraditado desde Estocolmo a EEUU y de ahí, directo a la cámara de gases. Rápidamente buscó asilo político. El fundador de Wikileaks recordó que había entrevistado hacía pocos meses al presidente de Ecuador, Rafael Correa, quien luego de la grabación le había señalado ante la persecución norteamericana que “si hay algo que podamos hacer para ayudarlo, búsqueme”. Assange le tomó la palabra y el 19 de junio ingresó a la embajada de Ecuador en Londres. Quito le concedió el asilo. Su problema es que, para poder viajar a Ecuador, necesita un salvoconducto para salir de la embajada hasta el aeropuerto. Londres no se lo quiere dar. ¿Por qué? Porque el gobierno británico estima que primero debe responder ante la justicia sueca frente a las denuncias de abuso sexual, un tema que los ingleses estiman nada tiene que ver con la libertad de expresión.
Las cosas se agravaron desde entonces. El Reino Unido amenazó con ingresar a la legación diplomática para detener a Assange y enviarlo a Estocolmo. Esto contravendría la Convención de Viena, que establece nítidamente que las embajadas son territorio del país que la ocupa. Gran Bretaña se escudó en una ley local de 1987 que permite la captura dentro de las sede diplomáticas de personas acusadas de delitos. Esa normativa se dictó luego de que, por esos años, una policía de Scotland Yard muriera en la calle frente a la embajada de Libia víctima de un disparo hecho desde dentro del recinto durante una protesta contra Muamar Gadafi.
Assange contrató a un abogado. Nada menos que al ex juez español Baltazar Garzón. Miren la ironía. El mismo hombre que desde Madrid le insistió a Londres que extraditara a Augusto Pinochet a fines de los años 90, ahora utiliza el mismo argumento del asilado político para pedirle a Gran Bretaña que niegue la extradición de Assange.
Ya tenemos varios países viviendo esta discordia: el Reino Unido, Suecia, Ecuador y Gran Bretaña. Hay que agregar otro: Australia, tierra natal del perseguido que, hasta ahora, ha mantenido un conveniente silencio.
La Organización de Estados Americanos, OEA, está analizando el caso. ¿Qué posición asumirá Chile? Difícil saberlo. Assange incomodó a nuestros políticos con sus revelaciones. Peor aún, Ecuador es nuestro aliado en la disputa con Perú ante La Haya. No podemos darle la espalda. Pero los británicos han sido históricamente nuestros más cercanos amigos en Europa. Y ni hablar de los suecos, que acogieron a tantos exiliados en dictadura.
El único camino que le queda a los británicos para sacar a Assange de la embajada es rompiendo relaciones con Ecuador. A Quito, en tanto, la única alternativa que tiene es sacar escondido a Assange en una “valija diplomática”, o sea, dentro de una gran maleta. Ninguna de esas opciones se ve viable.
El tema está en punto muerto. Nadie quiere ceder. Ecuador gana mucho acogiendo al líder de Wikileaks, porque su política en materia de prensa siempre ha dejado mucho que desear. Con esto se anota un gran punto.
Gran Bretaña no quiere arriesgar un conflicto con Suecia, país líder en cuanto a derecho internacional. El gallito ya lleva días. Hasta ahora, nadie aventura apostar hacía qué lado de la mesa se va a inclinar.
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