Drama digno de tragedia griega: Sirvienta se casó con príncipe y lo envenenó

Por EFE

La pena de cuatro años de cárcel impuesta a Chalasai Yugala por matar al príncipe que la adoptó y abusó sexualmente de ella siendo niña reabre el escándalo que causó en  Tailandia  al exponer el lado oscuro de su alta sociedad.

La justicia de este país ha tardado 17 años en dictar sentencia contra Chalasai, que cometió el crimen un año después de casarse, al cumplir la mayoría de edad, con Thitiphan Yugala, un miembro de la realeza que antes había sido su padre adoptivo.

Así terminaba en drama lo que podría haber sido un cuento de hadas cuando el príncipe adoptó a la niña, que había sido abandonada al nacer en un hospital.

Hace dos semanas, el Tribunal Supremo impuso una pena de cuatro años y ocho meses de prisión a Chalasai, también conocida como “Luk Pla” (pequeño pez).

Chalasai, una mujer entrada en carnes de 42 años, escuchó el fallo en el tribunal de Bangkok con una mano posada sobre su vientre, que evidenciaba un embarazo, y ataviada con un sencillo vestido blanco.

Desde el principio, la mujer admitió que envenenó al príncipe, pero afirmó que su intención no era matarlo sino que enfermara para poder escapar a hurtadillas de la casa a fin de verse con su amante, un vendedor ambulante tres años más joven que ella.

Los jueces la sentenciaron en principio a siete años de cárcel, aunque después redujeron la pena porque tuvieron en cuenta que Chalasai confesó y colaboró con la Policía y entendieron que no había sido un asesinato premeditado, ya que la acusada avisó a la ambulancia cuando percibió que el estado del príncipe era grave.

Chalasai nació en una de las provincias más pobres del noreste de  Tailandia  y fue abandonada por su madre en un hospital de Bangkok.

Una hermana del malogrado príncipe la recogió para trabajar de sirvienta en su palacio cuando cumpliese la mayoría de edad, una acción todavía habitual en  Tailandia  y considerada “buena” entre la nobleza y clase adinerada.

Sin embargo, Thitiphan decidió adoptarla oficialmente cuando ella tenía cuatro o cinco años, según relata el diario “Bangkok Post”.

Luk Pla, el apodo que le pusieron en su casa adoptiva, confesó tras el homicidio que tenía 12 años cuando el príncipe, por entonces 38 años mayor, empezó a abusar sexualmente de ella y la convirtió en su mujer cuando cumplió los 22 años.

“He conocido a muchas mujeres en mi vida, pero nunca he encontrado a nadie como Luk Pla. Mi mujer no tiene que ser bella. No tiene que ser una buena cocinera, pero tiene que ser muy buena en la cama. Luk Pla es la número uno en este sentido”, dijo el príncipe por entonces, según se hacen eco los diarios tailandeses.

En un programa de televisión sobre celebridades y tras la muerte del abusador, Chalasai contó que llegó a considerar al príncipe como su padre, que la trató mejor que al resto de las sirvientas del palacio, permitiéndole cursar estudios de enseñanza básica, pero destacó que también le robó su infancia.

“De pronto pasé de ser una niña pequeña a ser una señora, sin pasar por señorita”, explicó y también criticó la imagen de “depredadora sexual” que habían dado de ella los medios tailandeses más sensacionalistas.

“Algunos artículos fueron demasiado lejos, retratando mi matrimonio como una película porno. No soy una persona obsesionada con el sexo”, se quejó.

La joven “cenicienta” no tardó en escapar del palacio para divertirse y relacionarse con gente de su edad, a pesar de que el príncipe intento retenerla con regalos de lujo como un Ferrari, joyas o una lancha motora.

Finalmente, el 29 de agosto de 1995 Chalasai puso insecticida en el café del príncipe y huyó con su amante, un tal Uthet Coopwa que vendía castañas con un carrito y al que conoció en una de sus escapadas.

El príncipe murió una semana después en el hospital, y entonces empezó para Chalasai un calvario judicial y una vida con los exiguos ingresos por su trabajo de costurera, a menudo insuficiente para atender a las necesidades de los dos hijos que tuvo con el castañero.

Ahora está embarazada de su nuevo marido, un conductor de autobús que conoció hace cuatro años y que todos los domingos, su único día libre, viaja unos cientos de kilómetros para visitar a Chalasai en la cárcel.

Sus abogados han pedido el perdón real para la mujer para intentar cambiar el rumbo de esta historia propia de una tragedia griega más que de un cuento de hadas

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