Columna de Copano: "Memoria de la generación Nintento"

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Acabo de cruzar la barrera de los 25 años. Soy parte de una generación bisagra: la primera sin recuerdos de la dictadura. La de los hijos del trauma. Son mis hermanos más chicos, mis primos los que han salido a manifestarse. Yo alcancé a ir al colegio en ese período donde todo estaba desideologizado y el debate de los centros de alumnos con suerte era si había o no una rifa para fin de año.

Mis viejos de seguro, a pesar de que creían en que lo mejor era Pinochet lejos (impresionante fue la detención en Londres, alguien se levantaba y no le tenía susto), estaban también ya cansados. Los noventa fueron la época de la compra de casa, de crecimiento económico, de la llegada del mall, del cable. Yo soy de la generación del primer Nintendo, con el Mario y arriendos en Errol’s. Yo vi cambios e innovaciones tan inútiles como dejar el Stix Fix para pegar láminas. ¡Yo tuve tazos hermano! Yo alcancé a tener sólo el Cartoon Network para ver monos. Yo tuve una infancia feliz en bicicleta y una adolescencia en el computador intentando con el plan vampiro bajar canciones de Napster y rogando que mis tías no llamaran a la casa el fin de semana porque se me podía caer la conexión con el módem que sonaba horrible.

Cuando mi papá llegó con un computador multimedia lo primero que vimos fue la llegada del hombre a la Luna, en Encarta 95. Cuando se empezó a poner lento, trajo un disco duro de dos GB garantizando que no se iba a acabar. Yo odiaba “Mekano”. Pero ahí estaba, con todas las niñas en las salas sobre las mesas haciendo sus estúpidas coreografías. Yo fui parte de una revolución de consumo, de tecnología. Yo tuve un celular de pantalla naranja. Un Smartcom PCS. Yo cambié mi Nintendo 64 por un Playstation en una de las decisiones más dolorosas de mi vida, al traicionar a Mario que me acompañó tantos años. 

Yo no llegué a ICQ pero tuve MSN. Yo chateaba con Stark en el sitio de la Rock&pop. Yo fui y seré de los que iba al colegio con un discman. Yo alcancé a escuchar programas de noche en la radio. Yo viajaba en el furgón. Yo ya era viejo cuando fui a Blondie por primera vez y pensé que vivía la fiesta de mi vida. Yo caminé por calles donde las piedras se mezclan con el barro y cruzaba los supermercados de La Florida. Yo soy de esos que pensó que nunca iba a ver a nadie levantado enojado porque la gente vivía tan entretenida. Yo pensé también que Camiroaga era inmortal e iba estar ahí hasta viejo en la tele. Yo creí en Dios un momento y me salvó de sacarme malas notas. Y de pronto desapareció cuando capté que había que tomar un poco más de acción en la vida y no tenía todo que depender del destino. El destino no es cierto. Uno es el destino. Y ahí empecé a crecer.
 
Yo vi caerse Napster y ahora Megaupload. Yo vi la caída de las Torres Gemelas y pensé que iba a explotar todo. Vi la escena donde un avión entra como un cuchillo a la mantequilla en directo por la CNN relatada como novedad dentro de ese caos informativo. Yo crecí entre breaking news. Todo está pasando ahí. En la tele.
 
Yo creo que voy a tener hijos algún día y no sé si viviran lo mismo que yo, pero no quiero ser un viejo de mierda que les diga que lo de antes fue mejor. Quizás vivíamos más en secreto: no había cámaras captando nuestros primeros manoseos. Nos escapábamos de las cosas y nadie nos denunciaba. Era un mundo quizás un poco más libre, irresponsable, más demente, menos cuidado. Pero cada uno tiene su mundo. Ahora la gente hace cosas que quizás no me gustan, pero tienen el mismo derecho a hacerlas como yo hacía y experimentaba cosas.
 
Pienso eso en estos días de cambio. Creo que estamos viviendo algo nuevo, algo limpio, algo expansivo. Es un deseo que revienta en nuestras ciudades. Está aterrorizando a los que quieren conservar. Es esperanza, es también cambio. Es vivir en un país nuevo. Un país que estaba dormido entre el zapping. Un país donde hay más voces, uno que es mejor.
 
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