Columna de TV: "El rey del show: Chiste podrido"

Por Marcelo Ibañez Campos

He visto todos los capítulos del programa, y si no fuera por esta columna, jamás habría pasado de los primeros minutos sin volver a refugiarme en el cable. Hubo momentos en que ante la ausencia de la más mínima mueca que recordara a una sonrisa, me pregunté si tal vez debería ir al siquiatra para que me diagnosticara alguna depresión profunda. Pero bastó ver el descenso constantes de los ratings, que hizo que el programa pasara del segundo al octavo lugar en apenas tres semanas, para saber que no era el único: he visto más gente reunida alrededor de un par de payasos en  la Plaza de Armas, que el número de televisores que se encienden para ver este programa plagado de gente supuestamente chistosa. Algo que adquiere ribetes trágicos, pensando que el ganador se presentará en el Festival de Viña. Hasta el momento, papita para el monstruo.

Pésimo negocio para un canal que solía puntear como un campeón los sábados en la noche con “Teatro en Chilevisión”, que de teatro tiene tanto como de comedia “El Rey del Show”, pero que corría con una ventaja: chicas ligeras de ropa y un humor sexual muchísimo menos freak que el de Morandé con Compañía.

“El Rey del Show” tiene problemas de estructura básicos: en él hay una seguidilla de presentaciones de rutinas que en su mayoría sólo provocan tedio y carece completamente del más mínimo relato. Ese que en los programas de talento siempre está enfocado en la vida de los participantes. Acá no solo hay ausencia de risas, tampoco existe la posibilidad de identificación o emoción. Y ni siquiera se cumple con un estándar básico en este tipo de programas: la interactividad del público, que puede votar por uno u otro. Es decir, no hay ninguna razón para ver el show.

La segunda falencia es de fondo, subjetiva –aunque ahí está el rating para respaldar mi opinión- y casi endémica: que los concursantes sean aburridos no solo es responsabilidad del casting, lo es también del sentido del humor que cultivan.

Está, sobre todo, ese humor callejero que no es más que un trolleo masivo donde el que dispara la “talla” más rápida, gana. Un humor básico que tan bien funciona en una sala escolar o un asado, pero que sobre el escenario da vergüenza ajena. Por otro lado están los fanáticos de “El Club de la Comedia” que intentan hacer stand up, pero que carecen de un material medianamente sólido más allá de los estereotipos. Esos que creen que decir “han notado que”, para luego entregar una seguidilla de clisés disfrazadas de observaciones, es suficiente. Y están los que usan la pantalla para entregar su opinión política –el mejor humor suele ser eminentemente ideológico, una forma de ver el mundo en sí mismo- y se conforman con eso. Con decir un par de “verdades” , olvidándose de algo fundamental: los chistes. Y sus rutinas terminan siendo una aburrida diatriba repleta de ira.

Un síndrome que el mejor personaje del show, El Lagarto Murdock, parece haber contraído. Partió divertido y hoy no es más que un troll aburrido, que cree que ser irreverente es tirar pura mala onda sin remate humorístico. El rey tuerto en un show de ciegos. Muy poco material como para durar más de dos minutos arriba de la Quinta.

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