Columna de Copano: "Desconfianza"

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Siempre he pensado que las pantallas tienen dos propiedades: la primera es oficializar. La mayoría de las personas creen que porque algo está en una es verdad. Puede ser la de la tele, la del celular o la del computador. La que sea.

La segunda característica es que deshumanizan. Pocos consideran que la persona del otro lado de una pantalla sea humana. Automáticamente las personas sospechan, si es en un incidente público, que el otro las quiere perjudicar. No hay lectura de por qué pasan las cosas, que hay errores que incluso pueden llegar a ser involuntarios. La violencia es el himno. Todo tiene que ver con las partes de tu mamá y con los genitales. Es como una jauría de perros con rabia la que escribe una y otra vez jugando a la conspiración personal y a ser el jefe de otros. Es una generación de emos barrabravas. Todos son importantes y especiales, sin tener mucha experiencia real. Sin dar una pelea. Y al mismo tiempo están en masa dejando registro en otra pantalla. Y empoderándose para provocar presión, sin liderazgo. Porque el líder “quizás se quiere aprovechar y hacer carrera propia” como rezan los que quieren estandarizar la mediocre idea de no representarse. De no votar, de no dar el paso adelante.
 
No deja de ser impactante el efecto social, especialmente en los menores, que provoca eso. Los chicos que creen que sus pares son de plumavit en los colegios, cosa que acaba con suicidios en escuelas cuyos nombres pasan rápido en el noticiario. Los profesores siendo hackeados por los alumnos con sus celulares en mano. 
 
En los adultos, la mayoría parte de un mundo de consumidores consumidos, se ha sembrado una inútil e impresionante desconfianza. Todos sospechosos: los que decimos algo a favor, los que sostenemos una idea en contra. Todos son parte de un mismo extraño plan donde nadie tiene familia y todos son, hasta los que no parecen, accionistas de una gran corporación que quiere aplastar a todos.
 
Pienso en esto, cuando leo lo de la Casen y veo que los chilenos dejamos de respetar (luego de estar vinculados largo tiempo a un sentimiento positivo) a nuestra policía, que se ha transformado nuevamente, gracias al video online, en un ícono del descontrol sin sentido. La herencia cultural que dejará la era Piñera será esa, el dudar, basado en la sensación de que estamos gobernados por alguien que parece ser un especulador en todo sentido. ¿La culpa? Pésimas políticas comunicacionales del Gobierno. 
 
El país está no sólo en una crisis de representatividad, sino también de confianza seria. 
 
Y eso genera desilusión, tristeza, resentimiento y un espiral, un traje de odio a la medida, obviamente, de los que quieren tomarse todo a la mala. Es lo más cómodo. 
 
El peor enemigo del país no está en las fronteras. Está dentro de nosotros. Estas Fiestas Patrias, cuando miremos la bandera, jugando a sentir orgullo en medio de la borrachera, detengámonos un momento para pensar qué nación estamos construyendo para nuestros hijos. Cómo nuestros actos, nuestras palabras registradas, nuestra memoria crean un país mejor o peor. Si pensamos que estamos mal, seamos adultos de una vez por todas y asumamos que si el cambio para generar cosas no nace de nuestro sacrificio, este país no tiene destino. Pensemos en nuestro clasismo y xenofobia casi intrínseca, pensemos en qué escribimos o decimos y cómo eso afecta a los demás. Si creemos en mejor educación, pensemos en que educamos en el día a día a los nuestros. Analicémonos un poco, en una de esas a alguien le sale dejar de ser un número y pelear de verdad con las cosas, para dejar de ser un número en la cuenta de enojados de Facebook.
 
Parece ser que está llegando la hora de hacer, más que de mirar y masticar enojo. Es la única forma de vencer a la frustración y la desconfianza.
 
 
 
Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de publimetro

 
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