Columna de Juan Manuel Astorga: "Una tradición que mata"

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El curadito de turno en las fondas haciendo su “gracia” para las cámaras es un clásico de los informativos de la televisión en Fiestas Patrias. Sin mayor cuestionamiento, tanto quienes muestran esas imágenes como quienes las miran, asumen que es parte del panorama dieciochero. Absuelto de cualquier condena u objeción por su conducta, le tenemos simpatía y hasta nos provoca risa. Una incomprensible actitud colectiva frente a lo que nos debería generar lo contrario.

Las descriptivas anécdotas en público, ya sea en los medios o las redes sociales, de quienes comentan los litros de chicha o terremoto que acumulan en el cuerpo durante los días de celebración, parecen no espantar a nadie. Peor todavía. Sobran testimonios de los consumidores que cuentan lo que han tomado dentro de las fondas, pero siempre faltan las revelaciones que nos muestren cómo se van a sus casas esos chilenos después de tanta jarana.

No es tema preguntarle a quien celebra en las ramadas o incluso a los invitados a tomar un vino de honor en La Moneda el 18 si andan manejando. Es de mal gusto hacerlo en estos feriados de la patria.

Fueron 32 las personas que fallecieron durante estas fiestas. Y aunque se trata de una disminución de un 26% en relación al último fin de semana de cinco días, registrado el año 2007, la cifra nos sigue poniendo al tope de los ránkings de muertos por accidentes de tránsito.

Volvió a convertirse en el símbolo de la irresponsable conducta de manejar en estado de ebriedad uno de los ídolos del fútbol chileno. El portero de la Universidad de Chile, Johnny Herrera, fue sorprendido manejando con 1.06 gramos de alcohol por litro de sangre en la salida de una fonda en Maitencillo.

No es la primera vez que el arquero se ve envuelto en un caso de este tipo. Sigue estando muy presente en la memoria de todos el dramático episodio que protagonizó en diciembre de 2009, cuando también manejaba bajo los efectos del alcohol, y atropelló a la joven Macarena Casassus en la esquina de avenida Ossa con Echeñique, en la Reina.

Aunque en esa oportunidad fue formalizado por el delito de conducción bajo la influencia del alcohol con resultado de muerte, finalmente fue liberado y sólo enfrentó las multas respectivas por manejar bajo los efectos del alcohol.

Al margen de suponer cuánto pudo ese episodio influir en su vida –francamente sólo él lo sabe-, el sentido común nos hacía pensar que nunca más volvería a conducir ebrio.

Y aunque su argumento es que lo hizo para “mover el auto de un amigo”, sólo se puede concluir que el drama del cual él fue victimario no le alcanzó para generar la suficiente conciencia de lo que significa manejar con trago.

“El tiene un problema”, han dicho varios. Es probable. Pero a decir verdad, el problema no es sólo suyo.
Ya he expuesto antes en estas mismas columnas que conozco en primera persona los avatares de conducir bajo los efectos del alcohol. Por lo mismo y tras la reflexión a la que me llevó la multa y suspensión de la licencia, es que el tema me permite mirar meditadamente una realidad de la que aún no nos hemos hecho cargo cabalmente.

El consumo de alcohol es uno de nuestros principales problemas de salud pública. Supera largamente el del tabaco y otros como la obesidad o los aumentos de la presión arterial.

El 75% de los mayores de 15 años lo ingiere y de ellos, un 36% lo hace de forma semanal. Nuestro promedio es de 8,6 litros de alcohol puro al año entre los consumidores, frente a los 6,1 litros promedio per cápita a nivel mundial.

Presente desde la edad escolar, el trago sobra los fines de semana entre jóvenes y adolescentes. Aunque la legislación se ha esmerado en prohibir la venta a menores de edad, siempre habrá quienes estén dispuestos a quebrantar la ley por unos pocos pesos. El drama aumenta exponencialmente cuando el consumidor cumple la mayoría de edad, porque no sólo tiene edad legal para comprar alcohol sino también para sacar carnet de manejar.

No fallan las estadísticas en este caso: los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte de los chilenos entre los 10 y los 24 años.

Sin considerar otras consecuencias sociales, como la violencia, la ingesta de alcohol está asociada a más de 60 enfermedades. El trago es la principal puerta de entrada a otras drogas.

Y como los destilados y fermentados mueven a una industria local cada vez más grande, aplicar mayores restricciones a su venta no genera mucho respaldo entre las autoridades y empresarios.

Aún cuando el alcohol califica perfectamente en la categoría en la que han ido a parar otras drogas como la marihuana, en su caso goza de legalidad casi plena para su venta y consumo.

Por lo mismo, no hay condena social a pesar de lo mucho que tomamos. Bien lo sabe el curadito de la fonda que nos muestra sus gracias por TV y bien lo sabe Johnny Herrera. Una tradición patria de la que no nos deberíamos sentir tan orgullosos.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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