Columna de TV: "Pareja Perfecta: Tocino televisivo"

Por Marcelo Ibañez Campos

“Mundos Opuestos” aún no terminaba de sumirse en el pantano del olvido, cuando las promociones ya anunciaban el nuevo reality de Canal 13. Y la sensación que se repetía en mi cabeza era la misma que, imagino, siente una bulímica cuando acaba de vomitar y le ofrecen un nuevo banquete de postres. ¿En serio quiero esto? ¿Otra vez?

Las ganas de sintonizar  el nuevo reality no eran muchas. En los anuncios “Pareja Perfecta” parecía reducir su esfuerzo creativo a niveles bajo cero (la “pareja perfecta”, los famosos de protagonistas, casi la misma casa estudio del reality anterior) lo cual resulta bastante bajo incluso, para un formato que por definición se regurgita a sí mismo hasta el infinito.

Lo peor era esa sensación de repetirse un plato añejo, que esta vez estaba recalentado: “Pareja Perfecta” comenzó a ser emitido solo dos meses después de “Mundos Opuestos”, el reality más largo de la historia de la televisión chilena (duró medio año) y el segundo más visto del género.

¿No será mucho?

La pregunta es estúpidamente ingenua, y solo responde a esa sensación de hastío con la reacciona un cerebro empalagado, bajo  el recuerdo televisivo de los romances dulzones de Arturo Longton con Wilma González o, peor aún, de Roca y Mariana.

La pregunta es estúpida porque de eso se trata la televisión basura –la más masiva siempre, sobre todo en países con bajo nivel educacional como el nuestro- y de eso se tratan los realities. Del exceso y la repetición. De más escándalos intrascendentes, más romances efímeros y más golpes de efecto.  De la repetición de mecanismos que provocan la hipnosis, y que gracias a pequeños quiebres dramáticos evitan convertirse en aburrimiento. Porque los reality del 13 se asemejan más a vender la misma vieja bebida en un nuevo envase, que a la creación de un novedoso relato: replicar lo mismo, pero con nuevos colores. Andy Warhol, sacúdete en tu salsa de tomates.

La pregunta es estúpida porque, finalmente, para la televisión y los realities nunca nada es demasiado.

Así que comencé a ver el programa por las obligaciones que me impone esta columna. Y tres semanas después me sorprendí  –no sin algo de vergüenza-disfrutándolo sinceramente. Colgado como un yonki. Porque “Pareja Perfecta” tiene todos esos ingredientes que hacen de los realities una adicción: humor, buenos personajes –simpáticos, insoportables, terribles-,  niveles perversos de manipulación –pruebas hechas para afectar sicológicamente a la medida de cada participante-, cuerpos trabajados y sobre todo, tensión.

Tensión sexual entre participantes que se tiran palos unos a otros. Tensión entre rivales (Luli “gorda lechona” Love y Eugenia Lemos, su némesis trasandina), entre triángulos amorosos (con la inclusión de Pamela Díaz). Tensión en los complots. Tensión en competencias bastante duras, que por primera vez usan las dificultades del entorno natural (ríos, laderas, cerros, etc…) por sobre las estructuras metálicas. Tensión entre el deseo carnal –de pareja- y el deseo de ganar la competencia (no siempre el que te gusta, va de la mano con el mejor en las pruebas)

Tensión: el tocino de este sabroso pero poco nutritivo, incluso anti saludable, género.  El menú que parece tapar las arterias cerebrales de los televidentes nacionales. Si no hubiese partido tan cercano al final de “Mundos Opuestos”, “Pareja Perfecta” ya sería un mega éxito. Muy probablemente, si siguen  azuzando los conflictos al incluir más conflictivos ex -¿se imaginan al Negro Piñera ahí?-, tarde o temprano lo va a ser.

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