Columna de Copano: "La tristeza de la clase media"

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El Financial Times, que no es necesariamente “El Siglo de los hombres libres”, ya lo dice: para responder a las protestas hay que invertir en educación. Porque siguen las protestas y la molestia. Porque hacer sorna de un Gobierno y criticar también lo es. El diario naranjo inglés sostiene que el Presidente no tiene “toque político” y que pese a la disminución de la pobreza, existe malestar en la clase media.

¿Qué vendría a ser la clase media? Un amigo me lo describe de forma divertida: “Es toda la población que no tiene acceso hoy ni a los bonos del Gobierno… ni al Gobierno”. Yo lo defino como un grupo abandonado, sin relato, insultado por los medios que arman contenido derechamente subnormal pensando que “como están cansados y procesan menos, quieren divertirse”. Existe una clase media chilena como grupo atemorizado, que se disfraza de rico apenas entran las lucas. Que agranda la casa sin necesidad alguna. Que compra un auto que no le cabe en el patio. Que se compra zapatillas outdoor siendo que el 75% de su vida es indoor.

Otros, los que tienen a sus hijos en la universidad nacen y mueren con deuda. La clase media que no puede viajar o vivir tranquila, en paz por más que desee salir del infierno de la incertidumbre. Ellos podrían tener una identidad de clase media empoderada, culta, pidiendo cambios, solicitando calidad de vida. El drama es que no tienen vida, entre el transporte público y la educación pública que no permiten dignidad. Dignidad. Qué palabra ésa. Dignidad es sentir que estás vivo y no eres un zombi que tiene que asumir una realidad. Dignidad es esperanza. Dignidad es futuro para tus hijos. Todo lo que este país camino a las elecciones olvida. 

La clase media no tiene bonos, ni tiene amigos, ni red de contactos ni familias con herencia. A la clase media nadie la cuida.

La clase media está triste. La calle está deprimida. Todos tienen cara de no soportar más un invierno que se alargó demasiado. En los autos, agresivos, los chilenos se putean. Parece ser que todos desconfían del otro, pero a la vez no quieren hacerlo. Al final, cambiarían casa y cama con quienes viven en una relativa paz virtual.

El problema es simple y casi religioso: tenemos dogmáticos del mercado hoy imperando. Sus visiones no permiten discusión y hasta cometen torpezas por eso. Quieren achicar a un punto inexistente al Estado. Yo no creo que todo tenga que depender de eso, pero Estados Unidos e Inglaterra a estas alturas son países socialistas comparados con lo absurdo que este modelo neoliberal llevado al extremo.

¿Quiénes son los culpables de esta depresión interna? Quizás son los políticos, que con sus caras de invitación y campañas imbéciles prometen a través de jingles malos una alegría de cartón que nadie compra. Tal vez los comunicadores que no se han hecho responsables de llegar a miles de personas y parecen más disfrutar generalmente de sus propios lujos que de la alegría de poder hablarle a tantos, mirando su trabajo a la manera de un cajero automático. Los culpables somos todos. Los culpables somos los que tenemos más y pensamos menos en el otro. Los culpables son los gobiernos y los políticos que juegan a quién la tiene más grande en el Congreso en vez de trabajar para usted, para mí, para todos. El drama es esa línea difusa entre lo público y lo privado donde corren tantos millones. Estamos viviendo una sociedad egoísta y olvidada de los otros, donde se están generando islas y segregación sin disposición a conversar. Sin consideración con avanzar y cambiar las cosas. Y eso es un tapón. Tenemos tipos que están haciendo tapón y la rabia se está empezando a notar en todo el mundo. ¿Hasta cuándo durará todo esto? Esa es la gran pregunta.

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