Columna de René Naranjo: "Posesiones que asustan poco"

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Esta primera semana de octubre, como ya se está haciendo costumbre, la oferta de películas baja de voltaje y el mejor cine fija residencia en Valdivia. En la bella ciudad de la Región de los Ríos, se concentra mucho de lo bueno del arte cinematográfico que anda dando vuelta por el mundo y se estrenan varias de las películas chilenas más atractivas del momento.

Lejos de Santiago, filmes como ‘Miguel San Miguel’, de Matías Cruz; ‘Carne de perro’, de Fernando Guzzoni, recién premiada en España; y ‘Tráiganme la cabeza de la mujer metralleta’, de Ernesto Díaz Espinoza, debutan en sociedad ante un público entusiasta, y confirman la emergente dinámica del cine nacional. Valdivia es hoy el festival de cine más importante que se realiza en Chile, y ya quedar seleccionado en su programación es un espaldarazo significativo para una película chilena. En 2013, el FICV cumple 20 años y ya se anticipa que ese aniversario será una cita de absoluta consolidación, realmente imperdible.
En la cartelera comercial, en cambio, se vienen las vacas a dieta. Entra una cinta nacional, ‘Paseo de oficina’, que no quiso mostrar sus virtudes a la prensa en forma previa a su estreno y por ello se quedó sin comentario; y el terror, cada vez más instalado en las pantallas locales, entrega ‘Posesión satánica’ (The Posession, 2012)’ que llega con el éxito fresco en las taquillas de Estados Unidos. La película posee dos atractivos mencionables: es producida por el gran Sam Raimi y es una de las poquísimas en la historia que incluye un exorcismo judío.
Raimi sabe lo que hace a la hora de asustar y crear tensión en la pantalla. Lo hizo incontables veces como director con la saga ‘Evil Dead’, ‘Darkman’ (1992) y con cintas pequeñas pero muy logradas como ‘Arrástrame al infierno’ (2009). Ahora, en rol de productor, recluta al cineasta danés Ole Bornedal y apunta al negocio (claramente va a salir una trilogía de aquí) con un argumento bastante básico que gira en torno a una caja maldita. Algo así como la Caja de Pandora en versión judía, que es el detalle religioso novedoso de la trama.
En el género de terror, la subcategoría de las películas de exorcismo ha ganado presencia y éxito comercial. Ahí están ‘Emily Rose’ y ‘El rito’ para demostrarlo. Son cintas que, cuatro décadas después de ‘El exorcista’ (1973)’ apuestan por hacer saltar al público con las maldades que ejecuta el demonio en un infortunado poseído y, en su clímax, por mostrar cómo un hombre de Dios termina con tal padecimiento, a menudo de manera escalofriante.
Con cuatro personajes (padre y madre separados y sus dos pequeñas hijas), ‘Posesión satánica’ narra cómo la caja diabólica, con secreta inscripción en hebreo, se apodera de una de las niñas y la transforma en una amenazante criatura. El guión es esquemático y las actuaciones, regulares, y todo el acento está puesto en generar una atmósfera enrarecida y dar un par de buenos sustos.
Nada especial, en realidad, hasta el momento en que se empieza a hablar de un ‘dibbuk’ (demonio, en hebreo) e interviene el ceremonial judío. Son escenas atractivas, porque aparece un proceso desconocido por la mayoría y muy rara vez llevado al cine, que -por lo visto- es menos aparatoso que el católico. Si el exorcismo hubiera estado filmado con más convicción, habría sido apasionante y terrorífico. Pero la dirección no llega a traspasar auténtico miedo, el clima fantástico apenas se roza y el asunto queda solamente en lo curioso. 
Para que ‘Posesión satánica’ diera realmente susto, detrás de la cámara debió estar el propio Sam Raimi.
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