Columna de René Naranjo: "‘Bourne’ y ‘Frankenweenie’: ¿Necesarias resurrecciones?"

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Jason Bourne vuelve a la vida. O, mejor dicho, regresa lo que queda de él. Porque en este cuarta entrega de la serie varios de los aspectos que hicieron fuerte las tres películas anteriores vienen a la baja.  

Primero, ya no está Matt Damon en el papel principal. Cambiar a un actor tan identificado con un rol exitoso siempre es un desafío complejo. Y aquí hay un detalle interesante: la inexpresividad de Damon le venía muy bien a Bourne, super-agente sometido a lavados de cerebro y alteraciones genéticas que lo alejan de lo humano. Su reemplazante en “El legado Bourne” (2012) es Jeremy Renner, actor sólido pero demasiado intenso y dueño de un rostro muy expresivo, que humaniza más de lo recomendable al personaje y lo instala en una cuerda más propia del drama que de la acción.

Luego, ahora hay otro director. Ya no está la mano experta de Paul Greengrass y detrás de cámara se ubica Tony Gliroy, guionista que no tiene ni el oficio narrativo, el sentido del ritmo ni el ojo certero adecuado para dirigir esta saga, que, si algo exige, es justamente eso. Enseguida, el guión del mismo Gilroy tiene la misión de generar un intrincado lazo con la trilogía precedente pero, sobre todo, parece obligado por razones inefables a incorporar -casi con fórceps- una mujer a la historia (Rachel Weisz). 

¿Qué queda entonces de legado Bourne para seguir adelante con este personaje? Una película sosa y sin real tensión, que se da más de una vuelta en explicaciones farmacológicas y que tarda una hora en mostrar su primera escena con adrenalina. Los diversos escenarios alrededor del mundo (Pakistán, Corea, Filipinas) generan buenos momentos esporádicos, que no alcanzan a salvar un aletargado desarrollo y un débil desenlace.

La resurrección en “Frankenweenie” (2012), el nuevo filme de Tim Burton, es mucho más interesante. Resurrección porque en sus inicios como cineasta, allá por 1984, el director de “Ed Wood” realizó un corto de media hora, con actores y con el mismo título, en el que contó la historia de un chico, Victor Frankenstein, que en un típico suburbio estadounidense revive a su querido perro Sparky mediante un experimento que combina electrodomésticos y rayos.

Esta vez, en formato largometraje y 3D, Burton opta por una animación de pura cepa gótica y de enorme belleza plástica. Confirma así lo bien que se maneja en este campo (“El extraño mundo de Jack” y “La novia cadáver”) y, lo más importante, recupera la posibilidad de hacer su primera película realmente personal desde la notable “Marcianos al ataque” (1996). 

Todas las obsesiones de Burton están aquí, desplegadas con sensibilidad y precisión. El amor que sobrevive a la muerte (que es su tema más recurrente) encuentra además una expresión cinematográfica exquisita en esas lágrimas que derrama Victor y que son decisivas en la vuelta a la vida de su mascota. Los personajes secundarios entran en forma perfecta al relato y cualquier atisbo de redundancia es compensado por la aparición de una nueva sorpresa o un detalle visual que roza lo poético.

Lejos estamos de las limitadas “Alicia en el País de las Maravillas” o “Charlie y la fábrica de chocolates”, cintas donde el cineasta apenas pudo agregar aspectos cosméticos a formatos banalmente comerciales. Esta vez, entre experimentos improbables y cementerios expresionistas, Burton se vuelve a sentir cómodo en su molino de viejo filme de terror.

El paralelo es evidente: la resurrección del perrito Sparky de “Frankenweenie” señala también el retorno de Tim Burton a la verdadera vida del cine. 

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