Columna de TV: “El Late”, “El Club de la Comedia” recargado

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Dentro de todas las formas de relato, la comedia debe ser una de las que genera reacciones más pasionales a la hora de debatir su calidad. En la ficción uno puede medir variables como la verosimilitud del relato, la construcción sicológica de sus personajes, su estructura, la manera en que se acoplan -o no- el contenido con el estilo propuesto, su contexto histórico, etc. Variables que nos permiten calificar las obras más allá de nuestra emoción.
La comedia, como todo género, también puede medirse por esas mismas variables. Pero la verdad es que a casi nadie le importa ese intento de racionalización.  Porque a diferencia de otros relatos que se mueven en las complejidades de emociones más sutiles, la finalidad de la comedia es mucho más visceral: simplemente hace que te rías a carcajadas o no.
¿Y por qué nos reímos? Compleja pregunta. Según algunos la risa es una emoción que deriva del llanto. Según otros, la risa es provocada por el alivio que sentimos luego de pasar indemnes una situación de peligro, la obtención de lo deseado o una reminiscencia del grito triunfante del vencedor. Todo depende de la disciplina científica que intente explicarla. Pero el punto en que parecen estar de acuerdo, es en la descripción que entrega la neurobiología: la risa es contagiosa, involuntaria y raramente se da en la soledad.
En fácil: todos lloramos por las mismas razones. Pero todos nos reímos de tipos de humor distintos. Mientras el drama busca provocar empatía, la comedia debe atacar a alguien –o a algo- para funcionar.
Ridiculizarlo, de alguna u otra manera. Lo que nos hace reír nos desnuda sicológicamente. Por eso uno elige a sus amigos: normalmente son personas que comparten el mismo sentido del humor. Y por eso mismo la comedia es una potente arma, temida por el poder y las estructuras, esas que se sostienen siempre en sobre la gravedad de la parsimonia litúrgica.
La comedia, en cambio, es el carnaval que hace ver que detrás de esas máscaras, siempre está el drama de lo absurdo: por todo eso la comedia es un género eminentemente ideológico. Un chiste que a algunos les provoca risas hasta llegar a los calambres, a otros les puede parecer extremadamente ofensivo, una desagradable muestra de mal gusto. Dime de qué te ríes y te diré quién eres.
“El Late” de Fabrizio Copano tiene un nombre que llama a la confusión. Su estructura recuerda más a shows como “Saturday Night Live” que a cualquier late donde lo central es la entrevista.
Acá la conversación, casi inexistente, es sólo una excusa para tener al invitado famoso sentado en el set entrando en el juego. En las preguntas que los invitados reciben no hay un interés sincero de comunicación, si no que un utilitarismo estructural: son formas de dar paso a los sketches, el verdadero corazón del programa. Un peligroso juego –a quedarse sin invitados, a que el invitado se enoje, etc..- del cual Fabrizio Copano sale indemne gracias a su carisma y su ingenio. Al lado de Fabrizio, Yerko Puchento es mucho más agresivo y burdo.
Copano sabe elegir a sus enemigos (en el primer capítulo no se ríe directamente de Giorgio Jackson ni de Gabriel Boric, si no de la violencia policial) y cuando se ríe de su invitado (Emilio Sutherland) lo hace de manera sutil y simpática, lo que demuestra cuánto ha crecido a pesar de su edad.
Maneja los tiempos, las intensidades y cuando pega algún palo más duro, lo hace con frases cortas y la rapidez de una katana, sin dejar espacio para la réplica. Riesgo que por lo demás acá evita con el montaje –el show no es en vivo-, un punto que que lamentablemente no siempre fue de lo más pulcro en su debut.
Todo esto explica que sea él, y no por ejemplo Felipe Avello (otro estupendo comediante con mucha más trayectoria), el que tiene su “late”.
“El Late” es una inteligente evolución de “El Club de la Comedia”. En lugar de dejar que ese programa se siguiera hundiendo en la marisma de sus rutinas cada vez más forzadas y simplonas (mantener el nivel de nueve rutinas a la semana es casi imposible), rescató lo mejor del programa en sus últimas temporadas: los sketches que les marcaban los peaks de rating. Quizás lo hizo en demasía. Porque si personalmente los primeros 35 minutos del programa me provocaron risas constantes, la segunda mitad decayó estrepitosamente: el ranking musical, el niño nazi que trollea a los dirigentes estudiantiles (no le llegó ni a los talones de “Niños con problemas de adultos”, el estupendo segmento que le costó una multa del CNTV a “Conspiración Copano), el asquerosamente fome “Diario de Alison Mandel” (Jani Dueñas, una gran pérdida para este show) y la canción de Felipe Avello (un homenaje a Giorgio Jackson, toda una traición al estilo punk de Avello) no estuvieron a la altura de la primera mitad.
El programa tiene material suficiente como para mostrar una fluidez estructural mayor y brillar aún más. Lo podrían lograr si sólo dejaran los sketches de nivel, le dieran más espacio a la rapidez de Fabrizio en las entrevistas y usaran como side kicks a tipos tan divertidos como Sergio Freire, Rodrigo Salinas y Felipe Avello. La pregunta es si tendrán la suficiente autocrítica para hacer su propio análisis. Porque lo peor que le puede pasar a un comediante, es enamorarse de sus propios chistes.

 

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