Columna de René Naranjo: ""Caleuche": ¡al abordaje del mito!"

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¡Qué gran empresa cultural y de identidad chilena abordó el cineasta Jorge Olguín cuando decidió dedicar su cuarto largometraje a los mitos de Chiloé, y en especial, al Caleuche! En este Chile que adora y copia todo lo creado en el extranjero, el director de “Sangre eterna” irrumpe con esta película inspirada en las leyendas de nuestro inconsciente ancestral, con el barco fantasma y las noches de niebla tenebrosa, y articula esos relatos en una ficción que crece en interés e intensidad a lo largo de sus 104 minutos.  

Inclaudicable en su fe en el relato fantástico, Olguín sabe crear en “Caleuche, el llamado del mar” un filme muy original y alcance masivo, de raíces chilenas que se proyectan a lo universal y que hacen que el espectador salga del cine ansioso por conocer más de esta mitología cobijada por la fría humedad de la lejana isla.

La historia parte a mediados de los años 50, con un matrimonio chilote que no puede dar luz a hijos vivos. Para romper el maleficio, la pareja entra en tratos con las criaturas de la noche y, cómo éstas son buenas para cobrar, las cosas se van complicando. Traslado al presente para llegar a Estados Unidos, donde una descendiente de esa familia, la bióloga marina Isabel Millalobos (la brasileña Giselle Itié) sufre una rarísima enfermedad, que finalmente la obliga a viajar hasta Chiloé para intentar su sanación.

Coproducida con capitales aportados desde Chile y Brasil, “Caleuche” tiene altibajos en su narración y montaje, y, con seguridad, Jorge Olguín puede afinar aún más su manejo de planos y diálogos. 

Sin embargo, “Caleuche” es un salto adelante importante para el director y su apasionada búsqueda de una autoría cinematográfica, y se convierte en uno de los estrenos nacionales más interesantes de 2012.

Como si Olguín hubiera visto una y mil veces “Nosferatu” (1922) de F. Murnau, en “Caleuche” la naturaleza y el paisaje desempeñan un rol central, con la mayor parte del filme rodado en exteriores y una sensibilidad especial para incorporar el mar, los árboles, la playa, la noche. La atmósfera vampírica, tan querida para Olguín, planea sobre la cinta entera y sobre el personaje de Isabel, quien vestida con un viejo camisón blanco y  vagando por la oscuridad, en un estado cercano al sonambulismo, evoca también a la Lucy Harker de la obra maestra de Murnau.

La remota casa adonde va a dar Isabel posee un aire propiamente fantástico, con una sensacional Catalina Saavedra en el rol de Aurora, vieja guardiana de secretos insondables. En esta casa cristaliza la pérdida de las nociones de tiempo y espacio, y se consolida la zambullida en un mundo de seres extraños y de acontecimientos que escapan a la razón.

El contrapunto argumental viene dado por la banda de Bórquez (Marcelo Alonso), gente pendenciera y habituada a abusar de su poder, a través de quienes Olguín lanza asimismo una oportuna mirada a la situación contemporánea de Chiloé. Significativo también es el rol de Simón Cárdenas, sólidamente interpretado por Eduardo Paxeco, y clave en la intriga.

El sonido se nota bien trabajado, tal como la fotografía, la dirección de arte y la música original. Los efectos especiales están bien utilizados, como cuando asistimos a las espectrales apariciones de los guardianes del Caleuche y a la transformación de La Voladora. Ese instante, muy logrado, en que este personaje pasa de ser humano a ave, da la dimensión de los hallazgos de Jorge Olguín: confiar en los mitos propios, llevarlos a la pantalla con plena convicción y crear un universo fantástico netamente chileno y personal, que, finalmente, sólo puede fascinarnos.

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