Columna de Juan Manuel Astorga y elecciones en EEUU: "Menos poesía, más prosa"

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Lo que no ves venir, es precisamente lo que suele embestirte con mayor impacto. Cuando no estás preparado para recibir el choque y mucho menos para evitarlo, la conmoción suele ser mayor. Es lo que le pasó al candidato republicano, Mitt Romney, en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. ¿Por qué perdió? Su derrota no sólo se explica en las fortalezas de su contrincante, Barack Obama. El actual presidente obtuvo menos votos electorales que hace cuatro años –algo inédito para un presidente reelecto en ese país-, lo que evidencia el desgaste de un líder que perdió la confianza de al menos dos estados que el 2008 le habían dado su respaldo. 
No, Ronmey perdió también por debilidades propias, esas que nunca entendió que debía cambiar.
Las minorías, los jóvenes y las mujeres, que ahora representan una mayoría, fueron segmentos despreciados por el Partido Republicano. Sobre los primeros, el desafiante del actual mandatario los ninguneó en privado (lo que luego supimos en público), al calificarlos prácticamente como sanguijuelas que viven a expensas de la ayuda del gobierno. Especialmente los latinos, aún cuando estaban desilusionados de Obama, sintieron temor con Romney. Aún así, optaron por el mal menor.
Respecto de las otras minorías, los demócratas focalizaron sus campañas y capitalizaron el apoyo más allá del voto negro, que con 93% de los sufragios y representando el 13% del padrón electoral, apoyaron de nuevo a uno de los suyos. Obama revalidó su respaldo con el 71% de los latinos y del 73% de los asiáticos, el 10% y 3% del electorado, respectivamente.
Sobre los jóvenes, hubo ausencia total de propuestas concretas republicanas para un segmento cada vez más importante de la población. Peor todavía, con consejos del tipo “si no tienen dinero para ir a la universidad, pídanle a sus padres”, era bien obvio que no iba a conquistar su voto. En 2008, el 66% de los jóvenes votó por Obama. Esta vez, el 60%. Una campaña menos burda, les habría dado a los de derecha más que ese 6% de la generación del milenio.
El ex gobernador de Massachusetts, focalizó su trabajo en los blancos y mayores de 65 años, un esfuerzo innecesario porque ese segmento históricamente ha votado por el Partido Republicano y que cada vez es menor. “Es la demografía, estúpido”, parafraseando el eslogan de campaña de Bill Clinton en 1992, cuando le ganó a George Bush padre con la frase “es la economía, estúpido”.
A propósito de lo anterior, en Estados Unidos el desempleo es hoy mayor que cuando Obama asumió la presidencia y hay menos norteamericanos trabajando ahora que en ningún otro momento de los últimos 40 años. Ese dato fue utilizado por el retador del presidente hasta la saciedad. Y bueno, terminó cansando. Porque Obama se defendió con este otro argumento que también es irrefutable: Lleva 29 meses consecutivos de creación de empleos, 5,5 millones de puestos de trabajo creados desde que llegó a la presidencia y todo en medio de una recesión no vista desde 1929. En el último mes se crearon más de 170 mil puestos de trabajo. Y aún cuando el índice de desempleo subió de 7,8% a 7,9%, lo hizo porque hay más personas ahora buscando trabajo, pensando en que podrán encontrarlo. Ese es un signo inequívoco de optimismo sobre la situación económica.
Si uno compara la gestión de Barack Obama con las expectativas inéditas que generó su triunfo en 2008, el balance le juega en contra. Sin embargo, si se le confronta con el penoso estado en que recibió el país, su gestión ha sido valorable. Los estadounidenses miraron el vaso medio lleno y por eso le dieron otra oportunidad.
El show mediático que brinda la política norteamericana volvió a exacerbar las diferencias entre los contrincantes. Decían que si el actual presidente se queda cuatro años más, aumentaría la cobertura en salud, le subirían los impuestos a los ricos y habría más regulación para las empresas. De ganar Romney, disminuiría la cobertura sanitaria, se reducirían los tributos que pagan los que más tienen a niveles que no se habían visto en 80 años y se recortaría el control financiero. Probablemente ni lo uno ni lo otro. Los expertos en Washington y los analistas en Wall Street (a estas alturas casi más importantes los segundos que los primeros), consideraban que cualquiera que ganara, se enfrentaría a los mismos problemas. Y ya fuera Obama o Romney, sus decisiones tendrían que ser pactadas con un Congreso dividido. En el fondo, no importa el color del gato sino que cace ratones, o en este caso, que sepa negociar con las cámaras.
Teniendo en frente a un Obama de menos poesía y más prosa, que pasó en cuatro años de ser el gran orador a un gobernante más frío, menos soñador y más prudente, Romney tuvo su oportunidad y la perdió. Porque aunque el presidente extravió ese carisma que conquistó literalmente a todo el mundo, en estos años de experiencia ganó en cambio otra cosa mucho más valiosa: confianza. Este martes se la demostraron en las urnas.

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