Columna de René Naranjo: "Al maestro Eastwood con cariño"

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Pasaron casi 20 años para que Clint Eastwood, consagrado maestro del cine contemporáneo, aceptara protagonizar una película de la cual él no es director. La última había sido “En la línea de fuego” (1993), donde el alemán Wolfgang Petersen lo dirigía bastante bien en el rol de un traumatizado agente del Servicio Secreto de Estados Unidos. Ahora, el regreso del viejo Clint a la pantalla se produce en un entorno mucho más cercano y seguro: el cineasta detrás de “Las curvas de la vida” (“Trouble with the Curve”, 2012), Robert Lorenz, es un ahijado suyo, y varios de sus colaboradores habituales, en áreas clave como fotografía y montaje, trabajaron en este filme.

Lo curioso es que Eastwood se había inmolado en una de sus mas grandes películas recientes, “Gran Torino” (2008) y todos entendimos que en ese final inolvidable estaba su despedida del cine en cuerpo presente. Pero no, Clint, querido viejo porfiado, regresa a la pantalla de cine tras hablarle a la silla de Obama y a los 82 años de edad se atreve, como pocos, a mostrar sin rodeos que ya no es el bandolero invencible ni el vigoroso policía vengador. 

La primera secuencia de “Las curvas de la vida” lo presenta derechamente con problemas para orinar, solo y cegatón, a punto de perder su trabajo de buscatalentos para un equipo de béisbol.

Como los buenos antihéroes crepusculares, lo mejor del rezongón Gus Lobel (así se llama su personaje) ya no está en él mismo sino en su hija, Mickey (Amy Adams, sólida actriz conocida por comedias como “Julie y Julia”). Ella es una brillante abogada, que creció acompañando a su padre en los estadios y que ahora está lista para ser socia de una encopetada oficina legal. El tema de la película justamente va por este traspaso generacional, que ha sido central en la obra del director de “Los imperdonables”, y por el rol que juegan las vocaciones a la hora de las decisiones importantes.

“Las curvas de la vida” es lo que en Hollywood llaman una comedia humana y agridulce, en la que los diálogos se llevan la mayor carga. 

Es una cinta bastante hablada, acaso demasiado, y eso la hace darse más de una vuelta a lo largo de sus 110 minutos. Es también una película donde los actores secundarios pesan mucho, y en esa categoría brilla el gran John Goodman (que sacó aplausos este año en “Argo”) y sale adelante un eficaz Justin Timberlake. Y es, cómo no, un filme para ser contado en un estilo de melodrama preciso, como el propio Eastwood sabe hacer magistralmente. Su discípulo Lorenz, sin embargo, no posee la misma mano firme del maestro, y es por ahí que se siente que este relato intimista hubiera quedado más pleno realizado con un pulso más conciso y seco.

Esto no significa que la película no se disfrute. El ambiente de pura cepa norteamericana (béisbol universitario, bares, moteles, carreteras) le otorga a la cinta una profunda cohesión con su historia de sentimientos, sueños y renuncias personales. Se disfruta también la potencia de Amy Adams como actriz, auténtico motor del relato bellamente creíble en su personaje de amachada crianza. Y cómo no, se quiere a este Eastwood cascarrabias y sensible, espejo de nuestras mañas y talentos, que como personaje puede que no evolucione mucho pero que, como figura del cine y dueño de un mundo muy propio de afectos y lealtades, es insuperable. 

Si hay una nueva curva en esta vida y actúas de nuevo, Clint, estaremos felices. Si, en cambio, ésta es la última vez que te vemos en el cine, maestro, ten claro, y por escrito, nuestro eterno agradecimiento. 

 
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