Columna de TV: “No te olvides de la canción”, el espectáculo de la nada

Por Marcelo ibáñez

Los programas en vivo son la droga dura de la televisión. Una experiencia explosivamente intensa, adictiva, un frenesí orgiástico donde todo parece suceder a la velocidad de la luz.  Participar de ellas es tan adrenalínico como conducir un Fórmula 1. Por que la televisión en vivo es el Grand Prix en el irreal mundillo de los estudios de televisión. Un género en sí mismo que alcanza su mayor expresión en los estelares, donde la maquinaria que los sustenta es compleja, delirante y donde los mejores equipos alcanzan un nivel de sincronización digna de contemplar.
Estar en el set de uno de esos programas es entender que la televisión de carne y hueso, esa que está sucediendo en un entorno real lejos de tu pantalla, es una expresión que se emparenta con el teatro, el circo, el fútbol y en menor medida, un gran concierto de rock de estadios. Un caos controlado o la recreación de un acto coreográfico donde lo que importa no es la cosa real, si no
que la intensidad, el brillo y la espectacularidad de lo aparente. 
Porque la televisión, como la ficción, es un mentira muy bien contada.
La transmisión de un estelar en vivo requiere a una tripulación que sepa reaccionar como un cuerpo a los vaivenes del viaje y la aparición de imponderables, así como de un capitán que maneje el switch con la firmeza que los tentáculos de David Jones aplican para controlar el timón. De ellos, Álex Hernández es uno de los mejores.
Su capacidad para manejar
los ritmos, generar arcos dramáticos en relatos de contenidos nimios y enmascarar el vacío con luces y espectacularidad distractora, generando más encima exitosísimos productos con ello, es impresionante. Algo que dejo claro en interminables temporadas, año tras año y día tras día, en dos programas monstruosos –por tamaño, por sentido del espectáculo, por contenido- como “Mekano” y “Yingo”.
Su nombre en los créditos de “No te olvides de la canción” son los que explican que uno pueda quedarse pegado con un programa como ese. Es tal el nivel de Hernández, que esta versión de “Dont forget the Lyrics” supera con creces al original anglosajón.  Lo hace en su ritmo veloz, en el espectacular diseño de su escenografía y el extraordinario partido que el director le saca a ésta, convirtiéndola en la verdadera protagonista del show.  El eje central de un relato vacío de contenidos: porque el programa no se trata de otra cosa que de ver cantar a simpáticos, pero mortalmente desafinados concursantes, sobre una plataforma impresionante, que incluye a una banda en vivo que toca las canciones, otro acertado cambio del director con respecto al show original.
Claro, todos amamos cantar con los amigos en el living de la casa frente a la tele o usando Youtube. Pero ver a desconocidos recrear ese juego, sin ni una gota de alcohol para relajarse y disfrutar la tortura, es otra cosa.
Este programa es, básicamente, un karaoke grandilocuente. Y funciona. Tiene la capacidad misteriosa de atraparte en un estado zen que se emparenta con el vacío cerebral de la idiotez. Tiene la extraordinaria y absurda capacidad de convertir en un mega show, un acto mínimo. De enmascarara el vacío con luces y pantallas. Toda una metáfora sobre la televisión.

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