Autotest Toyota FT 86

Rápida y furiosa se pondrá tu mujer si te lo compras sin hablarlo con ella

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Un juguete como pocos, un compañero divertido con quien el carrete no debería acabar jamás. Fue una lata devolver el FT 86 en las oficinas de Toyota luego de tres días con el acelerador bien pisoteado. Dan más ganas de levantarse muy temprano si acaso este coupe con tracción trasera está estacionado en tu casa esperando por ti o cuando el cansancio se desvanece, por la noche, cuando ya es hora de llevarte a casa. Lo pasé bien, muy bien manejando casi 600 kilómetros al deportivo con que se atrevió Toyota (hablo de atreverse porque no conforme con la osadía misma del modelo le pusieron un kif con ese alerón que protagoniza la zaga y que el mismísimo Toretto querría para algún cochecito de su Rápido y Furioso).
Es divertido si lo buscas. Es partner, amigote, noble. Me imagino que la sonrisa con que iba manejándolo cada vez, debe estar a medio camino entre el placer y la imbecilidad.
Naranja tirando a cobre. Bien. Bajito. Si bien cuesta entrar y salir desde su butaca de cuero y felpa, el espacio que deja la apertura de la puerta equilibra la cosa. Adentro, hay ambiente racing. El pomo de la palanca del cambio manual de seis marchas, los cinco interruptores horizontales en la base del panel central o el tamaño del volante con pespunte de costura roja y sin botonería de control de audio ni nada configuran un buen contexto. El techo sin sunroof no produce el agobio imaginable en este “enanito” que no llega al metro y treinta centímetros, pero está cerca de nuestra cabeza. Y al mirar la telemetría, todo cierra con mucha coherencia: el protagonista es el tacómetro en el centro de todo. Esta receta del deportivismo automotor más gringa que europea choca brutalmente con el botón del sistema de arranque y parada, todo un testimonio de lo actual.
Mención aparte para la comodidad y alta sujeción de las dos butacas principales y comentario para las dos plazas traseras: si alguien no le simpatiza invítelo a dar una vuelta pero que se vaya detrás suyo.

VAYA, CORRA, GOCE…

El auto empuja bien, con eficacia, es disciplinado y estoico para entregar su potencia, pero sus mejores notas las da por encima de las 5.500 vueltas en el motor. Conforme lo conocía más en detalle y en modos, me sobre revolucionando más y más. El ruido que devuelve como rumor deportivo está bien logrado, aunque un par de expertos que que subieron conmigo creían que era más sonoro en su estallido de aceleración a fondo.
Por debajo de las 4.000 revoluciones el auto pierde harto brío, así que hay que ser confianzudo con el pie derecho (a propósito, el promontorio para el apoyo de la pierna izquierda es excelente). Y lo fui. Y por eso gusta tanto y se mete debajo de la piel como experiencia sumamente divertida y a ratos con buen porcentaje de power.
Volanteando en un manejo en autopista que invita a ir con algo de mayor prisa, tenemos un auto muy vivo para responder a las órdenes emanadas desde el volante. Por allá, ¡por allá!… Por acá, por aquí, ¡por acá! ¡por aquí! Si sabemos ser precisos y diestros en este tipo de conducción, gozaremos aún más las características de este coupé que, por lo mismo, no se lo recomiendo a conductores principiantes o sin currículo en este tipo de autos. No es sencillo detectar su competencia exacta mirando el plano local, pero hallaremos más docilidad en modelos como el Génesis Coupé o el Golf GTI (que tienen algo más de potencia en todo caso). Incluso el Peugeot RCZ tiene ademanes más sedosos.
Les contaré algo de la suspensión porque me parece que tiene lo suyo: es dura y eso se condice con el gimnasta que puede llegar a ser este dos puertas en sus desplazamientos más vivaces y el gusto deportivo que en ellos entrega. Pero por otra parte, se las ingenia para no dar grandes y molestos zamarreos a quienes viajamos en él (hace unos ocho años conocí ejemplares como el Clio Sport o el 206 RC de esa época también, y ahí sí que teníamos dureza y sequedad en la suspensión).

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