Columna de René Naranjo: "¡Y vamos despidiendo el 2012!"

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Comienza el último mes de 2012 y uno ya organiza balance del año cinematográfico. Sin escarbar mucho, aflora una primera conclusión: de ese puñado de grandes películas que se estrenaron en el mundo, a los cines de Chile sólo llegó una: “Moonrise Kingdom”, de Wes Anderson. Un poco del resto de los estrenos valiosos de la temporada se verá quién sabe cuándo, a cuentagotas, si es que se ve. Segunda conclusión: nuestro país está fuera de la conversación mundial sobre el real estado del cine contemporáneo. Aquí, como norma, las películas son fuga- ces instrumentos para vender comida en los cines.

Lo que yo no tenía muy claro es que algunas de ellas eran también instrumentos para vender guías de autoa- yuda. Porque la única manera de entender la existencia de una cinta tan sin gracia como “Qué hago con mi marido” (“Hope Springs”, 2012) es que los productores hayan querido embaucar a parejas ya mayores con cuentos como “los 60 son los nuevos 50”. Más raro aún es que ande aquí Meryl Streep, que asume esta vez el rol de una dueña de casa sumisa y aburrida, casada hace 31 años con un marido, Arnold (Tommy Lee Jones) que no le toca un pelo ni por equivocación.

El caso es que este matrimonio que vive en el tedio cruza Estados Unidos para ir a hacerse terapia con el doctor Felp (Steve Carell, subapro- vechado). Y la película es la historia de estas sesiones y de los sentimientos y confesiones que de allí emanan. O sea, juega a una identificación evi- dente y básica con parejas que estén en situaciones similares y que quieran salir de ese pozo negro.

Celebrado por comedias como “Marley & yo” y “El dia- blo se viste a la moda”, queda claro que el éxito del director David Frankel depende mucho de lo bueno que sea el guión que filma. Si éste es obvio y tan predecible como el de “Qué hago con mi marido”, el asunto no tiene vuelta.

El otro estreno de la semana trae de vuelta a Bruce Beresford, cineasta australiano a quien aprecié mucho por sus notables filmes “Juicio a los héroes” (1979) y “Críme- nes del corazón” (1986), la formidable “El precio de la fe- licidad” (1984) y la oscarizada “Conduciendo a Miss Daisy” (1989). Queda claro: Beresford, compañero de generación de Peter Weir, es ya un clásico.

No obstante, nuestro cineasta tuvo luego años difíciles y encadenó cintas dis- cretas, cuando no realmente malas. Hasta ésta “El prodigio” (“Mao’s last dancer”, 2009), que lo reencuentra con lo que mejor sabe hacer: filmar los lazos de afecto, sin juzgar ni subrayar; explorar los choques culturales y la resiliencia de sus personajes.

“El prodigio” narra el caso real del bailarín chino Li Cunxin, quien es educado bajo los estrictos conceptos comunistas de Mao para viajar a Texas en 1979, a los 18 años de edad, como embajador ar- tístico. La película parte con la llegada de Li a la tierra del Tío Sam, y Beresford contrapone, vía flashbacks, ese descubri- miento del mundo capitalista con los recuerdos de infancia y juventud del protagonista en China. De esa oposición saldrá el conflicto principal de la cinta.

Muchos de los mejores momentos de “El prodigio” son los que Li pasa junto a su familia campesina y sobre todo los que vive en la rígida academia de ballet en Beijing. Hay ahí observaciones sociales interesantes, que se contrape- san con la libertad de ser un individuo que Li experimenta en Texas. Los montajes de ba- llet están bien puestos en esce- na y arte, sociedad, vocación y política se entrelazan en un tono menor -como siempre en Beresford- que no pierde de vista lo humano. Y eso, en el páramo de fin de año, gana mención honrosa.

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