Columna de TV: "Vértigo: Una clase magistral de tevé en vivo"

Por Marcelo Ibáñez Campos

Hay programas a los que vuelvo porque sí, libre de la obligatoriedad que me impone esta columna. Programas que sintonizo solo por el placer de estar tirado en mi amado sofá de tres cuerpos, sumiéndome en el estado catatónico al que inducen los rayos televisivos. Programas como “El Reemplazante”, la mejor serie dramática aparecida en Chile desde las tres primeras temporadas de “Los 80”, “La Bella y el Geek”, docu-reality del año, el estupendo “Mentiras Verdaderas” y el gracioso “Chile Demente” de C13 Cable. Y por supuesto “Vértigo”, el mejor estelar de la tele chilena en muchos años.

No tengo claro por qué no quise escribir de este programa antes y lo hago recién ahora que ya llevan ocho emisiones. Quizás se deba a que no quería contaminar el placer de verlo. Quería guardar para mí, el simple y privado hecho de entregarme a su aventura como televidente y no tener que sintonizarlo por mi trabajo como crítico. También existió otra razón más cerebral. “Vértigo” se merecía un tiempo. Porque una de las maravillas de la buena televisión en vivo es ver crecer, o morir, a los programas semana a semana.

La televisión  en vivo es un carrusel, un tagadá circense, un acto irrepetible que simplemente sucede en el aquí y el ahora sin posibilidad de repeticiones y control de daños. Por eso a los programa en vivo hay que esperarlos. Medirlos en el transcurso de su evolución como a las bandas de rock o los equipos de fútbol, esos que pueden partir mal la temporada y terminan levantando la copa igual. O viceversa. Ver cada vez que se descubre el telón, su afinamiento.  El logro, o fracaso en el intento por plasmar sus mejores virtudes y corregir sus defectos.

El momento llegó esta semana luego que “Vértigo” emitiera el jueves recién pasado una clase magistral de cómo hacer televisión en vivo. Un capítulo donde todo fue frenesí, emoción, creatividad, honestidad sorprendente y desmadre controlado.  Desde un comienzo de antología con Jacqueline –la protagonista de “Adios tía Patty, adiós tía Lela”, el youtubazo del año- pegándole un par de “tate quieto” a Martín Cárcamo y Diana Bolocco (que no sólo convirtió al programa en trending topic mundial en twitter si no que nos reveló la presencia de una tercera tía,   http://www.youtube.com/watch?v=VYAtnS4ZBto   la tía Jocelyn) o la cara de terror de Katty Barriga cuando se fue eliminada por el infernal tubo del show,  al “Huevo” Fuenzalida cantando a todo pulmón “La Guitarra” de Los Auténticos Decadentes, con la pasión de quien se identifica hasta la médula con esa letra.

Podríamos seguir con cada uno de los instantes de ese alucinante capítulo. De Eli de Caso confesando que en Colombia robó leche por necesidad y de manera sistemática cuando tuvo que mantener a sus hijos recién separada. Bonvallet reconociendo que fue un canalla con su primera esposa y un mal padre, o “Chico” Pérez reconociendo que por la pasión que le genera su doble vida como DJ ha dejado de lado a su familia y robado dinero a su papá.

Si al principio “Vertigo” fue poco más que una gran escenografía, un espléndido Yerko Puchento, un proceso de eliminación digno de la locura de la tele japonesa y una que otra confesión demoledora (como la de Katty Kowaleczko), en su octava emisión la fórmula parece haber sido manejada a la perfección.

El corazón de “Vértigo” es la alquimia que se genera con sus invitados. Y el programa parece entender cada vez mejor que es en la combinación de historias personales, y no en el nivel de celebridad momentánea de los invitados, donde surge la magia. Esa que genera un ambiente tan espectacular –en el sentido de show- como íntimo. Un set de televisión repleto de luces, transmitido en prime a todo Chile, que logra generar un ambiente confesional que ya se quisiera Primer Plano. Una clase magistral de televisión en vivo como show. La pregunta ahora es ¿podrán mantener el nivel?

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