Columna de René Naranjo: “El Hobbit”, la fantasía más real

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El estreno de ‘El Hobbit’ es el acontecimiento cinematográfico del fin de año. Y no sólo desde el punto comercial. Seguramente esta nueva película que el neocelandés Peter Jackson produce y dirige a partir de una novela de J. R. R. Tolkien congregará multitudes y fulminará récords. Poco importa eso. El atractivo de este filme  pasa menos por su capacidad para convocar masas que por su contundente manejo del relato, su intenso poder como espectáculo y por la radical tecnología que le permite proyectar sus imágenes a 48 cuadros por segundo (el doble de la velocidad normal del cine).
Diez años después de terminar la trilogía de ‘El Señor de los Anillos’, Peter Jackson regresa a la Tierra Media para contar la historia que precede al viaje de Frodo Bolsón en ‘La comunidad del anillo’. La acción ocurre 60 años antes, y el protagonista es su tío Bilbo (Martin Freeman), un hobbit que tiene mucho de caballero inglés y que debe partir, casi contra su voluntad, a una aventura de contornos extraordinarios.
A partir de las novelas de Tolkien, Jackson ha sabido desarrollar una forma de la fantasía cinematográfica que equilibra muy bien lo íntimo y lo épico, los personajes y los monstruos, la luz y las sombras, en historias de largo aliento (169 minutos dura ‘El Hobbit’) en las que la acción se vuelve más intensa en cada escena. Estos principios se cumplen de gran manera en esta película, que parte de forma intencionadamente lenta, casi como si en esas escenas en casa de Bilbo, Jackson quisiera reivindicar las formas más clásicas del relato, en las antípodas de toda la artillería banal que cientos de malas cintas suelen disparar desde el primer minuto. Esa calma inicial anuncia también la tormenta que vendrá cuando comience el largo trayecto del hobbit (acompañado por el mago Gandalf y 12 aguerridos enanos) y desde la oscuridad surjan orcos y varias otras feroces criaturas.
Se siente muy seguro a Peter Jackson tras la cámara de ‘El Hobbit’ y, a medida que avanza la narración, se aprecia su meditada comprensión de los mitos (mayor que en ciclo del ‘Anillo’, a mi juicio) que sirven de base al argumento. En este sentido, la  sensacional escena en que Bilbo descubre a Gollum parece una revisión brillante del encuentro entre Alberich y las doncellas del Rhin en la ópera ‘El oro del Rhin’, de Wagner, creada a partir de la misma idea del anillo maldito. La música de Howard Shore, formidable y muy bien puesta en la película, enfatiza -con sus leit motivs y orquestación- la idea ‘wagneriana’ que recorre y realza el sentido profundo de esta producción.
Sin embargo, el asombro definitivo que causa ‘El Hobbit’ proviene de su imagen digital, que sepulta la imagen-cine a la que estábamos habituados e instala en la pantalla un HD más real que la realidad. En la película, ya no se puede distinguir entre actores, efectos digitales o animatronics; todo fluye sin costuras en un universo nítido y de una corporeidad abismante.
‘El Hobbit’, en 48 cuadros por segundo, se ve como nunca antes se vio una película. Es la fantasía más realista de la historia del cine y es, asimismo, un ejercicio de percepción estimulante y exigente (a más de alguien le va la cabeza al final) que abre insospechadas posibilidades. Así se presenta como un viaje inesperado también para el espectador: un salto en el tiempo que deja atrás esas queridas texturas fotográficas y nos lanza a una nueva dimensión de la representación de lo visible, de lo que soñamos y de lo que habita nuestras pesadillas.

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