Columna de Cine de René Naranjo: “Amigos”: Cuando las diferencias unen

Por René Naranjo

Una de las cosas que más espera un buen apasionado del cine es que una película dé cuenta, de alguna forma inteligente, de la sociedad en que fue realizada. Que ese filme rodado en América Latina, Europa o Asia diga algo de la gente que pasó ese día por el lado de la cámara, de la que sirvió los almuerzos al equipo de producción, de la que soñó una de esas noches en la ciudad en que el director dijo “acción”.

En “Amigos” (“Intouchables”, 2011), la película francesa que más entradas ha vendido en la historia de su país, se tiene efectivamente esa sensación. No es que en este cuarto largometraje de los directores Eric Toledano y Olivier Nakache (hasta aquí inéditos en Chile) haya una dosis espectacular de cine. No es que la cinta -que habla de la amistad entre Philippe, un millonario parapléjico y su cuidador, Driss, inmigrante senegalés- se toque un tema nunca antes visto ni que se lo presente de una forma inusual. Sin embargo, esta comedia sobre dos personajes completamente distintos habla de las tensiones que cruzan la sociedad francesa actual con habilidad y humor.

La primera secuencia pone el acelerador a fondo, con el moreno Driss (Omar Sy) al volante de un Maserati que avanza a toda velocidad por la autopista que bordea el Sena. De copiloto va Philippe, que sólo puede mover la cabeza después de sufrir una invalidante caída en parapente. Pronto apreciamos que todo es una jugarreta cómplice para burlar a la policía y a la idea misma de la asistencia estatal. La escena es una declaración de principios de lo que será “Amigos”: la historia de dos personajes que, pese a todas sus diferencias sociales, raciales, culturales y económicas, se juntan con un propósito común y son capaces de superar dificultades y prejuicios para crear un destino nuevo e impensado. 

Por cierto se puede leer aquí una metáfora de la Francia actual, con su burguesía anquilosada y esos millones de inmigrantes que de vez en cuando, de puro marginados que se sienten, queman cientos de autos en una noche. Dos países en uno, con sus códigos y su manera propia de hablar el francés, que chocan en cada elección presidencial y que parecen imposibles de conciliar. 

Lo bueno de la película es que estas ideas sobre la sociedad no están subrayadas, sino que fluyen de un relato fresco y liviano, que no busca pontificar sino dar cuenta de la cotidiana humanidad de sus personajes. La población parisina pobre donde vive Driss, su ignorancia sobre las grandes obras de arte, su espontaneidad a la hora de tratar la total dependencia física de Philippe aportan vitalidad en el dorado mundo de éste, en el cual dominan el egoísmo y la indiferencia. 

En su tono ligero, “Amigos” se mete con agudeza en los fantasmas de su sociedad, como cuando los cercanos a Philippe le recomiendan tener cuidado con el potencial delincuente que tiene en casa. Y si la película logra tocar finalmente la emoción es justamente porque tiene bien puestos los pies en la tierra y desde ahí elabora su propuesta optimista. Por muy al extremo que esté un ser humano de otro, la salida para la soledad y muchos de los conflictos del siglo XXI pasa por buscar un espacio de comunicación en el cual entablar el diálogo. Ya sea con la música de Vivaldi o Earth Wind & Fire, en un palacio o en el Metro repleto, lo importante es generar ese encuentro.

O si no, pregúnteles a los 19 millones de personas que vieron “Amigos” en los cines de Francia. 

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