Columna de TV: "Apuesto por ti: El valor del circo"

Por Marcelo Ibañez Campos

Hay programas que pueden cambiar las escenografías, los animadores, repletar el set con luces LED y narrar con movimientos de cámara que provocan mareos, pero en el fondo siguen siendo la misma puesta en escena de espectáculos más antiguos que el fuego y el hilo negro.

 

Esa mezcla de saltimbanquis, rarezas, personas con habilidades extraordinarias y otros que intentan destacar del resto de los hombres realizando actos desesperados. El circo que entretuvo a reyes y pueblos a través de los siglos, dando vida a espectáculos errantes que satisfacían nuestro gusto casi instintivo por lo freak y lo asombrosamente genial.

 

¿Qué es lo que empuja a un hombre a comerse 15 cucarachas vivas por las pantallas del canal nacional en horario prime  a cambio de 450.000? ¿El dinero? ¿Los cinco minutos de fama? ¿El deseo de reconocimiento?

 

Después de ver el auspicioso “Apuesto por ti”, el entretenido show de talentos extraños de TVN; de ver a hombres conversar y realizar operaciones matemáticas con su perra –que adquirió esos poderes luego de un encuentro del tercer tipo-, detener motocicletas con sus brazos y a otro intentar escalar una torre de 16 cajas de cerveza, acto previamente ensayado en la botillería de su barrio. Después de ver mujeres apagar velas con leche que goteaba de sus ojos, a otra intentar quebrar un copa con su voz y a una tercera mujer, que era obesa, intentar hacer el baile del caño, parece que toda la motivación de los concursante se resume en una. El tan humano deseo de destacar por sobre el resto.  De sentirse especiales y extraordinarios.

 

“Apuesto por ti” es un buen show porque sabe mezclar con equilibrio, los actos que se presentan: una buena combinación entres actos de cierto valor, algunos simpáticos  y otros que rayan en la estupidez. Es un espectáculo adictivo porque todos amamos lo raro. El drama del tipo que posee un pequeño, mundano e inservible talento, que en el marco del show se disfraza de extraordinario.

 

El mayor logro –y su trampa- es que a pesar de ello, el show no cae en la evidente tentación de generar vergüenza ajena a través del bullying desatado tipo “Cuánto Vale el Show”. Acá uno llega a sentir respeto por el tipo que está ahí, desnudo de pretensiones sobre el escenario, luchando por lograr un récord irrelevante pero románticamente infantil. Como cuando de niños jugábamos a superar nuestro límites. A hacer algo grande dentro de la lógica del juego. A levantar los brazos y pasar a la historia.

 

El problema es que el respeto terminó convirtiéndose casi en gravedad por parte del animador. En su debut solo tuvimos chispazos de sentido del humor gracias a Javiera Acevedo en el jurado, que se maneja a la perfección, y pequeños atisbos con Carlos Pinto, mientras el Señor Corales de este circo quedó al debe.

 

El debut de Viñuela en un prime de TVN fue el de un animador fome de tan correcto, en un contexto que pedía a gritos todo lo contrario.  Un tipo capaz de decir cosas tan absurdas como “eres un ejemplo de personalidad y esfuerzo en un país donde tenemos una población obesa importante. Tu te crees el cuento y además reflejas plenamente sensualidad”, cuando una mujer obesa no logró predeciblemente, cumplir su prueba del baile del caño.

 

Le haría bien al show que Viñuela salga de la lógica del “rico buena onda” que le dio una carrera en Mega, y se permita sacar el troll que sabemos que lleva dentro –como lo demostró en sus mejores momentos en Mekano-. No se trata de ridiculizar a los participantes, pero sí de darle un tono de comedia a la animación que potenciaría el espectáculo. Dale Viñuela, sin miedo. Por último, de ahora en adelante exige a un buen guionista.

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