Columna de TV: "Pablo Escobar: Mafia a la latina"

Por Marcelo Ibañez Campos

La familia. Principal motivación de las mayores grandezas y justificación última de todos los sacrificios. O de los peores crímenes. La familia como origen de las lealtades más insondables, tumba donde yacen los peores secretos y cuna de las traiciones más dolorosas. El punto en común que aúna a los hombres de negocios, los políticos y la mafia. Tres gremios que entretejen su poder a través de líneas consanguíneas. Tres grupos que se suelen mezclar de manera impúdica en toda gran obra gangsteril.

 

Sea Promesas del Este, los Soprano o los Corleone, ahí están los imperios construidos sobre muertos y las celebraciones de mesas rebosantes; fiestas familiares que con su algarabía cubren el sonido de las balas.

 

Es ese contraste entre el bienestar familiar y los crímenes que los ayudaron a salir de la miseria, el verdadero drama de toda historia basada en la mafia. Esa tensión entre la vida respetable aparente y la violencia que se esconde afuera, el motor dramático que nos regala las mejores escenas del género. Como el beso de la muerte entre Michael Corleone y su hermano Fredo, la historia de amor que estructura el relato de “Buenos Muchachos”. O la cachetada que Hermilda Gaviria le acaba de dar a su hijo Pablo Escobar, en medio de una fiesta que celebra el asesinato de un Coronel de la policía, en el capítulo más reciente de “Pablo Escobar: el patrón del mal”. La buena serie colombiana que transmite Mega de domingo a miércoles, promediando respetables 12 puntos de rating.

 

Como todo criminal, loco o artista, la historia de Pablo Escobar resulta fascinante, tanto como el zoológico que se encontró en la Hacienda Nápoles -su centro de operaciones- una vez que la policía lo abatió en un barrio de Medellín como su más peligrosa presa. La historia del hombre que ingresó toneladas de cocaína a EE.UU y el mundo, así como hipopótamos, elefantes y jirafas africanas a su residencia. Un tipo que supo construir con asesinatos, sobornos y regalos al pueblo, su poder. Un criminal, un político y un empresario por partes casi iguales.

 

Casi sin personajes secundarios que lo equiparen en profundidad –a diferencia de otras grandes series de mafia-, el retrato que hace Andrés Parra –actor que protagoniza la serie- es el pilar fundamental del interés que provoca la serie. Un tipo correcto, amable, tranquilo. Un vecino cualquiera, incluso a la hora de sus peores decisiones. En el Pablo Escobar de la serie casi no hay arrebatos pasionales, si no que asesinatos de ajedrez comunicadas con la correctísima y elegante forma de hablar de los colombianos. Decisiones estratégicas que responden estrictamente a necesidades del negocio.

 

Es la versión latina de un Padrino, que entremezcla poder, familia, religión y sangre. Pero a diferencia de los patriarca italianos, Escobar tiene una relación casi reverencial con su esposa y su madre. Por eso ella es capaz de cachetearlo en medio de una fiesta, cosa que sería inimaginable que le sucediera a Don Vito. Una serie entretenida y con esa perversa fascinación que generan las historias de gángsters. Si no la ha visto, aún está a tiempo de disfrutarla. Aunque faltan varios años para que atrapen a Escobar, el asesinato del Coronel que marcó el capítulo del miércoles pasados, es el comienzo del fin. Porque como le dijo Doña Hermilda, madre y consiglieri de Pablo Escobar: “Usted a comenzado una guerra contra el Estado. Y por más poderoso que sea, la va a perder. Porque uno puede ganarle batallas al Estado, pero jamás la guerra”. Un momento clave, en la historia de una serie sobre el hombre que estuvo a punto de derrumbar hasta sus cimientos a todo un país.

 

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