Columna de Copano: "El Carnaval de Viña"

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Un muchacho en Internet me intenta convencer amablemente de que a través de las redes sociales incentive la idea de armar un carnaval veraniego en Chile. Como el de Río, Sao Paulo, Buenos Aires, Oruro o Mon- tevideo. No tengo duda de que sería una instancia cultural interesante, y mirando cómo las masas reaccionan frente a espectaculos como el Santiago a Mil estoy seguro que tendría una convocatoria digna y no dinero tirado a la basura en una política cultural. La experiencia más cercana en nuestro país a los carnavales es la fiesta de La Tirana, o el carnaval de Invierno en Punta Arenas con delegacio- nes de argentinos bailando semidesnudos a 10 grados bajo cero. Así que en Chile hay carnavales pero por desgracia, como estamos ob- sesionados a que si no pasa en Santiago no existe, le pasa a muchos por el lado.

La definición de un carna- val es en sí una fiesta pagana o religiosa, que en la ciudad se entremezcla con lugares distintos a los habituales. Como alguna vez planteó Henri Lefebvre, el prolífico sociólogo marxista francés, estudioso de asuntos tan cercanos a nuestra sociedad, como por ejemplo la alie- nación de las masas, lo que sucede es “la metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin”.

Es por eso que el paralelo inmediato que llega a mi cabeza es el Festival de Viña. Viña nos invade de Arica a Punta Arenas, nos persigue. Es el carrete que no termina. El que genera resaca cultural. La televisión chilena, centro de debate de nuestra socie- dad, aunque a muchos les duela, se coordina para asistir a este inolvidable y único Cannes del Tercer Mundo. La gala de Viña intenta hacer su “red carpet”, un remix miserable de las fiestas de E! Entertaiment, pero sin ca- risma, sin glamour real, con dosis de comentarios clasistas inolvidables televisados desde los paneles de farándula que se vuelven inevitablemente tribunales del estilo, con juicio y castigo. Con manual de comportamiento. Con represión hasta de la libertad de decidir hasta cómo uno se viste para la corte de señoras que observan desde la casa.

No quiero que me pasen por amargo y piensen que se escribe esto enojado: Viña me encanta y es parte de la vida de todos los que nacemos en Chile. Estuve trabajando en esa ciudad el 2010 cuando el terremoto dejó el show sin noche final. Y también en la vez en que a Xuxa le gritaban “ilari lari e…”. Me emocioné desde mi televisor mirando a Jorge González junto a Los Prisioneros cantar “el curita con la censura en cierto canal de televisión” frente a las camaras de Canal 13 y caí al suelo de risa mirando los shows del Hombre Láser y Leonardo Farkas. Pero lo que más me gusta es cómo se devela la sociedad chilena en ese delirio. Cómo todos quedamos desnudos frente a la histeria de ver a una mujer tapando con suerte sus pezones para lanzarse a una piscina y desde ahí proclama- mos una moral innecesaria. Ese momento primitivo y pre- cioso de la prensa nacional que recuerda el asalto a una taberna. El folclor propio de una sociedad conservadora.

Pero lo más increíble de Viña, es que refleja perfectamente a una sociedad como la nuestra, cuyo centro es la tele y su patente es la exclusión. Para entrar a Viña, necesitas una antena y una tele. O instalarte fuera de los hoteles, si no tienes el dinero para la entrada. Pero el show, en sí con la gala y los artistas está tras las rejas y los guar- dias. Si en Chile se hiciese el Carnaval de Montevideo, sería pagado el acceso. Te lo aseguro. Por eso esto es la mejor expresión sobre la des- igualdad en el verano: estar ahí cuesta dinero. Cada año aumentan las medidas que impiden, como en los ‘80, ver el show desde los cerros. Es una fiesta democrática, pero sólo tras la pantalla. No la puedes respirar, pero sí mirar.

Pero el verdadero Viña es lo que rodea al cansancio de esperar a tu ídolo en el Sheraton, en las horas mirando chistes malos previo a que toque tu cantante favorito. Chile necesita la espera de humillar a una persona que quiere intentar hacer reír en el lugar menos indicado de todos. Chile necesita siempre una víctima que luego recla- me y tenga su oportunidad de volver sollozando, entre la nada y la eternidad. El humo- rista crucificado en pifias y en análisis que no tienen ningún peso real sobre nuestras vidas es el Rey Momo patético al sur del mundo: Viña es un festival, Viña es un carnaval.

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