Columna de Katherine Urrutia: "Bailar al ritmo propio"

Por Katherine Urrutia P.

El fin de semana asistí con mi familia al festival Monte Mapu y lo pasamos increíbles. Muchas actividades ecológicas, ideas y especialmente la música sin parar. 

Justamente en la semana, me sorprendí a mí misma, caminando por paseo Ahumada rumbo a una reunión. Lo gracioso fue que, en una parte del trayecto, había un chinchinero tocando su contagioso bombo y a pesar de ir muy apurada, sentí un instante el deseo de quedarme escuchando o viendo. Ahora lo verdaderamente chistoso es que parte del recorrido, sin querer, lo realicé al ritmo del bombo y los platillos.

En el festival, recordando la vivencia del chinchinero y al ver a tantas personas bailando casi al unísono, me hizo pensar en algo muy común, pero creo que casi invisible a nuestros ojos.

Como terapeuta, después de muchos años, he podido observar que las emociones, al estar en su estado negativo, pueden afectar seriamente la salud de una persona, pero también a su entorno.  

El miedo, por ejemplo, puede transformar a una persona en  manipuladora. El miedo a perder, puede convertir una relación en dependencia y para lograrlo, la manipulación es la herramienta más usada, pero menos reconocida que existe.

Con los bailes y mi deseo de casi trotar a saltitos por paseo Ahumada, logró conectar estas ideas y el ritmo que muchas veces pensamos que vivimos muy libremente, puede emanar de tambores, bombos, platillos de otra persona y solo nos movemos con compás ajeno. 

Como decía anteriormente, la manipulación es un síntoma de una emoción en defecto, ya que la persona que siente miedo a ser abandonada, llegara a manipular, visible o invisiblemente. Puede que logre admitir el miedo que siente al ser abandonado(a), pero no confesará que el llanto o esos ataques repentinos, son un 70% forzado y nacen como melodías, para hacer a otra persona moverse a su ritmo.

Quizás cuantas personas se desplazan con la música que otros tocan en el colegio, el trabajo o la misma familia. Las preguntas entonces son: ¿Bailamos a nuestro propio ritmo? O ¿Bailamos nuestra vida con los tambores que otra persona toca para nosotros? Y lo más importante ¿Qué nos faltaría para seguir nuestra música interior y bailar al ritmo propio?

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