Columna de Juan Manuel Astorga: "Ahora que Jorge se llama Francisco"

Por Juan Manuel Astorga

Ni los propios argentinos, acostumbrados a apostar por ellos mismos incluso cuando nadie más lo hace, se habían aventurado a especular con la posibilidad de que uno de los suyos terminaría en las sandalias de San Pedro. Pero el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, ahora se llama Francisco.

Es el nuevo Papa y con su asombrosa designación, ya se pueden anticipar nuevos aires en el Vaticano.

Sorprende tanto el hecho de que sea el primer Pontí- fice americano como su origen jesuíta. Era el único de esa compañía entre los 115 cardenales que partici- paron del cónclave. ¿Por qué elegirlo a él?

Parte de su historia personal explica su nombra- miento. En tiempos en que la decadente suntuosidad del Vaticano no resiste más críticas, debía ser un austero el que tomara el bastón que soltó Benedicto XVI. En Argentina se caracterizó por su sencillez. No vivía en el palacio cardenalicio, sino que en un departamento común y corriente. Usaba el transporte público y se co- cinaba él mismo. Lavaba los pies de los enfermos de sida y pocas veces vestía el vistoso ropaje que otros en su mismo cargo no se quitan ni para dormir. Muestra de esa misma simplicidad, su pri- mera aparición como nuevo jefe de la Iglesia Católica la hizo en ropa de trabajo.

Pero esa característica de su personalidad se queda corta a la hora de concluir por qué fue Bergoglio y no otro el elegido. Simpático y con personalidad –como buen argentino- al Papa Francisco le reconocen una inagotable capacidad para confrontarse al poder. Lo hizo en su país criticando la acumulación de poder (por eso es que los Kirchner nunca lo quisieron), así como la rampante corrupción que horada y destruye instituciones. Y es ese mismo el problema que hoy amenaza a la Iglesia Católica en el mundo.

La jerarquía vaticana está más ordenada que en otras épocas. No hay una marcada división entre cardenales progresistas y conservado- res. Son estos últimos los que copan el espacio de pensamiento y debate desde la perspectiva teológica, ética y hasta política. Por lo mismo, los que esperan profundas modificaciones en esta área puede que vivan con desilusión el papado de Francisco. Las dificultades de la Iglesia Católica están dadas en una cuestión más bien práctica. Hoy se discute sobre el poder de la curia romana y sus pugnas inter- nas, cuál es el rol que está jugando, y sobre los claros signos de corrupción cuyas garras, como en tantas otras instituciones, también están dando zarpazos.

La pedofilia del clero, cuyos casos se siguen multiplicando, y el debate sobre la poca transparencia en el funcionamiento de la banca vaticana son, por citar algunos, dos ejemplos de los niveles de descomposición que aquejan a la Iglesia Católica.

Quienes esperan de este papado grandes debates doc- trinales, pastorales o espiri- tuales, también puede que se frustren. Como los otros cardenales, éste también es contrario al matrimonio homosexual y al aborto. No viene por ahí su pelea ni afán de cambio.

Su primera y acaso más importante misión será la de ordenar la casa, un menester que puede parecer munda- no para la institución más antigua del mundo, pero que resulta tan complejo que el intelectual de Joseph Ratzinger no pudo concluir. Su renuncia al cargo argu- mentando falta de fuerzas para enfrentar los conflictos internos y los problemas contingentes, confirman que a Bergoglio le esperan nue- vas batallas como las que ya dio en este lado del mundo.

Ante un gesto que huma- nizó una figura casi santa, la renuncia de Benedicto XVI ya produjo el primer gran cambio. Ya no se preside la iglesia “hasta la muerte”. El que no puede da paso al siguiente y ahora el turno es de un argentino.

Este Papa vive con un pulmón desde los 20 años, cuando se sometió a una operación. Pero aire no le falta. A los 76 años y a cuatro para que pudiera retirarse, asumió el provoca- dor reto de labrar, ahora sí, el camino de la iglesia para este milenio. Siendo una institución que ha tenido y seguirá teniendo secu- larmente un peso político mundial, el Papa opera como un jefe de Estado. Y aunque su elección no es como la de sus pares, tiene casi 1.100 millones de fieles que pare- cen haberle dado su apoyo y -nunca antes mejor dicho- su bendición.

Las cosas pueden cambiar. Las esperanzas están cifradas en este nuevo Pontífice. El recién llegado obispo de Roma no la tiene fácil. Pero ahora que Jorge se llama Francisco y aún cuando cambiar de nombre era el más simple de sus desafíos, su misión ya está clara. Vere- mos si Dios lo acompaña.

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