Columna de Katherine Urrutia: "Tóxico emocional"

Por Katherine Urrutia P.

La semana pasada escribí sobre el día mundial del autismo, a raíz de eso pensé en  cómo a nuestros niños en Chile le administran por el programa de vacunación el segundo metal pesado más tóxico del mundo, el mercurio.

Cuándo se descubrió que en la comuna de Lampa el agua contenía arsénico, me dio la impresión que a muchos no les importó demasiado la noticia, ya que se remitía a una comuna en específico. Finalmente el ser humano suele reaccionar cuando algo les afecta directamente.

Normalmente tratamos de llevar vidas “normales” y algunas veces, sin notarlo, nos relacionamos con personas o frecuentamos lugares que son altamente tóxicos, aunque me refiero a lo emocional.

Al igual que el mercurio de las vacunas y el arsénico del agua potable nosotros no logramos advertir el peligro a que nos exponemos.

Por lo general podemos reconocer fácilmente amistades tóxicas de otras personas, aunque ese radar no suele funcionar con tanta precisión con nosotros mismos. Sin darnos cuenta, sucumbimos al daño inevitable de nuestra salud emocional, ya que al no identificar el peligro de estas relaciones, nos mantenemos sin hacer nada.

Una de las emociones a la base que nos impide apartarnos de lo tóxico, es el MIEDO. Conozco personas golpeadas, abusadas física y emocionalmente, humilladas y muchas otras cosas más que no logran alejarse de aquello, principalmente por esa emoción.

El miedo de estar solos muchas veces nos hace estar acompañados, aunque sea de algo nocivo para la salud. Junto con el miedo la autoestima baja, potencia la invalidez de correr del riesgo.

Si notamos que todo nos cuesta muchísimo que cada vez tenemos menos redes de contactos, como amistades, familiares, etc., como también si las metas que soñábamos cumplir se postergan y postergan. La ausencia de brillo en los ojos o ganas de soñar con algo mejor, como terminar un oficio o carrera, son indicadores de toxicidad y “algo” o “alguien” nos está afectando.

Lo importante es darnos el tiempo de reflexionar y preguntarnos ¿Es nuestra vida, lo que deseábamos? Muchas veces culpamos al destino o la mala suerte de no vivir la vida que queríamos, pero a la base podemos estar emocionalmente muy intoxicados, tanto que nuestras capacidades dejaron de funcional.

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