Soledad Bacarreza: Un gay en la NBA

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La reciente confesión de Jason Collins, jugador de la NBA durante los últimos doce años, provocó la reacción hasta de Barack Obama. El Presidente de Estados Unidos se apuró en tomar el teléfono para felicitar al pívot personalmente “por su valentía” al admitir su homosexualidad, estando aún activo en el deporte. No se sabe por qué Collins, ex pívot de los Washington Wizards escogió este momento para sincerar su inclinación sexual -¿liberación personal ante la ausencia de un contrato profesional?-, ni tampoco por qué antepone en la entrevista con la prestigiosa revista Sports Illustrated su condición de “negro” a la de “gay” -¿doble segregación la sufrida por el atleta?-. Lo único que se sabe es que las reacciones, en su gran mayoría, fueron de un positivismo y apoyos que rasguñan la exageración. Como si nadie quisiera ser tildado de discriminador quedándose atrás con las felicitaciones, y apurándose en ser los primeros de manera de figurar además en la prensa.

Sin ir demasiado lejos, Kobe Bryant, quien recibió el 2011 una multa de cien mil dólares por tratar de “maricón” al árbitro de un partido, fue quien inició las felicitaciones a Collins por Twitter al escribir que estaba “orgulloso” de él. Una actitud del entorno del jugador que no hace más que reafirmar que en el deporte masculino, sigue siendo extremadamente sensible el tema de la homosexualidad en disciplinas donde se supone que la rudeza manda. El supuesto insulto de Bryant, a propósito, no provocó ni la sombra de revuelo que la revelación de la homosexualidad de Collins.

Es difícil la vida del deportista gay. Mucho más que la de las mujeres que han profitado incluso de su homosexualidad: Amelie Mauresmo jamás hubiera ganado una portada de Paris Match de no haber aceptado posar con su pareja mujer, pero es inimaginable aún un reportaje en páginas centrales de un pívot de la NBA abrazado a su pareja hombre. No por nada la lista de homosexuales  conocidos en el deporte es corta con respecto a la población gay en general, y no es por el menor número, sino por el terror a la discriminación.

Los más famosos gay del deporte masculino han sido castigados de alguna manera tras confesar la vereda por la que transitan: Greg Louganis perdió a todos sus auspiciadores menos a Speedo; desde que confesó su homosexualidad, todas las biografías en internet del saltador australiano Matthew Mitcham se inician con “clavadista gay que ganó una medalla de oro en Beijing 2008”,  y para ilustrar aún más que el aislamiento no se hace esperar para los varones, de los 23 deportistas homosexuales presentes en Londres 2012, sólo tres eran hombres. Sólo tres que se atrevieron a admitir su condición homosexual entre más de seis mil atletas masculinos. Una gran diferencia eso sí con respecto a Beijing 2008, donde Mitcham fue el único varón en declararse abiertamente gay de todo el universo de deportistas que compitieron en China.

Algunas de las razones esgrimidas por quienes están en contra de la aceptación de los homosexuales en los camarines es que la anatomía del  hombre y su reacción física ante la excitación sexual hacen imposible la convivencia de orientaciones distintas en los vestuarios masculinos, algo que las mujeres pueden fácilmente ocultar. Otros simplemente definen el deporte como una instancia donde la aspereza y brusquedad es necesaria, campo inadecuado para la supuesta fragilidad y delicadeza del homosexual masculino. Misma característica que se castiga en el caso de las mujeres, pero a la inversa: muchas veces se estigmatiza a las lesbianas como mujeres rudas y machotas.

Jason Collins fue en contra de todo aquello. Demostró que ser gay no es impedimento para hacer los mejores rebotes y pases o golpearse con el oponente con furia. Pero una vez disuelto el ojo del huracán y cuando decante la batahola que desató Collins veremos si encuentra equipo, si sus amigos siguen siendo los mismos, o si por la osadía de admitir su homosexualidad se queda sin trabajo ni apoyo. Es de esperar que el arrojo y la honestidad de Collins -porque en ese entorno su confesión no es menos que eso- no se conviertan en un calvario cuyas consecuencias sean más castigadoras que liberadoras. Las estadísicas juegan en su contra.

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