Columna de TV: "El viejo y querido zapping"

Por Marcelo Ibañez Campos

Reproducción de Internet

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Hasta la llegada de las tecnologías que permiten consumir televisión “on demand”, la forma más natural de ver tele ha sido el zapping.  Una hábito que gracias a la invención del sacrosanto control remoto, liberó a los televidentes de lesa antigua práctica que los obligaba a sintonizar un programa de principio a fin. Un cambio que no solo afectó la forma en que vemos televisión si no que incidió directamente en la forma de construir su relato: al permitirnos saltar de aquí para allá a nuestro antojo, el zapping generó un estructura más segmentada en el desarrollo de los contenidos y aumentó la velocidad del lenguaje audiovisual que lo narra.

 

A medida que la el televisor como aparato comienza a competir con numerosas pantallas que permiten el consumo de programas -de tablet y notebooks a celulares-, los shows deberían tender a microsecciones de rápido consumo que se sostienen por sí mismas sin necesidad de su contexto completo, sobre todo entre las audiencias más jóvenes. Es por eso que espacios juveniles como Yingo, han dicho algunos, se encuentran en vías de extinción: simplemente no se han adapatado a las nuevas oportunidades de consumo de su audiencia.

 

Los cambios están lejos de ser definitivos pero algo se intuye. Desde la inclusión del contenido generado por los propios televidentes a través de redes sociales, comentarios que pasan a formar parte directa del contenido de los programas, a campañas como la del canal La Red que postula que la televisión ya no se mide solo por cantidad de televisores prendidos si no por el número de pantallas en que se perciben o los “me gusta” y RT que ese contenido recibe. De ahí que una empresa multinacional como Nielsen, conglomerado de mediciones de audiencia a nivel mundial, se asocie con Twitter para generar una nueva herramienta de medición denominada “audiencia social”.

 

Todo esto es el germen del porvenir, porque el zapping continúa siendo la principal práctica a la hora de ver tele. Aunque probablemente llegue el momento en que se convierta en una práctica que revela la brecha generacional, esos abismos en las formas de consumo que provocan las cada vez más drásticas irrupciones tecnológicas y que tienen a la industria mediática y publicitaria con las aguas tan revueltas. Algo similar a lo que sucede entre nativos e inmigrantes digitales. Entre los que nacieron leyendo pantallas y los que aún se conmueven acariciando páginas nuevas u oliendo las hojas de un libro viejo.

 

A mí me gusta el zapping. Creo que es casi terapéutico, más bien sedante. Un acto de bulimia audiovisual que droga el juicio haciéndolo entrar a un estado alfa ideal para estar en el sofá luego de un día duro y no pensar nada. La versión del lado oscuro de la pantalla de una práctica zen. Me gusta el zapping porque aunque no permita elaborar una opinión completa de los nuevos programas, es una prueba de fuego: no hay mayor evidencia de la calidad de un show que dejar el control remoto tranquilo.

 

Esa es la prueba que reprobaron estrepitosamente, dos de los programas de entretención que se han estrenado en los canales nacionales últimamente. El primero fue “Esto se va a Saber” de Via X, una revisión de las noticias del día guionizada con chistes, otra versión del viejo formato inventado por la sección “Weekly Update” de SNL y popularizada por numerosos lates. “Esto se va a Saber” es poco más que una andanada de chistes que dan vergüenza ajena y que hacen retorcernos de sufrimiento en el sofá empujándonos directamente al zapping que nos saque del frente, un show donde cada chiste termina con un plop que exije una explicación producto de sus guiones sin gracia alguna. El otro show que reprobó la prueba fue “Juga2” de TVN, programa que no es más que una gymkana escolar protagonizada por famosos y disfrazada de show, donde la falta de creatividad resulta un insulto al televidente debido a la idea básica del programa y a que las pruebas que deben superar los famosos ni siquiera cambian de un capítulo a otro. Y eso ya se llama flojera.

 

Lo sorprendente es que el zapping siempre terminó refugiándose en dos lugares: “Toc Show”, un programa de conversación emitido por UCV donde el Pollo Valdivia demuestra lo buen anfitrión que es, y la nueva versión de “Mentiras Verdaderas” , uno de esos raros casos donde no solo se sobrevivió al cambio de conductor, productor y editor, si no que mejoró. Lo hizo gracias a dos razones: la inventiva editorial de apropiarse un nicho, ahora en lugar de apuntar a tener “el” invitado del día comenzaron a revivir casos del pasado, el talento de su nuevo entrevistador (Jean Phillipe Crettón) y las divertidas secciones de opinión y análisis de actualidad (“Chile a prubea de Jiles”, con Pamela Jiles es un golazo) que informan y entretienen sacándole años luz de ventaja a los aburridos programas políticos que han nacido este año electoral. Todos cambios que lograrron una cima en el capítulo donde Carlos Pinto fue el entrevistado. Uno de esos lugares donde uno se olvida del control remoto. Y eso es bastante.

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