Gabriel Espinoza: Nuestra propia mayoría

Por Gabriel Espinoza

Desde que el otrora ministro de economía lanzara su candidatura, una frase quedo suspendida en el aire, el sonido de otros tiempos y latitudes se encontraban allí. El sorpresivo uso de esta frase no sólo habitó en el lanzamiento de su candidatura (que tuvo una cobertura mediática insólita, con un Longueira que casi se hace uno con el televisor), luego una congresista UDI, en una entrevista televisiva secundada por la movilización del pasado 8 de mayo, la utiliza con convicción, tomando posesión del espectro sonoro: Mayoría Silenciosa. Esta extraña frase no refiere a personas con cero habilidades lingüísticas, mudas o con lenguas cercenadas, tampoco a personas amordazadas (casi). La mayoría silenciosa refiere a ese grupo que lejos del estruendo de las movilizaciones y los ciudadanos que presentan interés por exigir y frenar decisiones, están al margen, en casa rogando porque el preciado status quo no se vea alterado. Ese ciudadano que en un acierto electoral que es identificado Através de una factorización política: No se manifiesta, es nuestro.

La Mayoría Silenciosa no es un concepto nuevo. Famoso el caso de su uso por Nixon durante un discurso de la Guerra de Vietnam. Mayoría tipificada como esos “americanos olvidados, los que no gritan, los no manifestantes”. A su vez, la mayoría silenciosa fue el nombre que adoptó la facción conservadora que apoyó a Spínola en su intento golpista, en repuesta al giro a la izquierda que tuvo el contexto político posdictatorial en Portugal. En contextos actuales, Mariano Rajoy en un discurso para contrarrestar las grandes manifestaciones que sufrió su administración en 2012, destaca a esa “Mayoría silenciosa” que trabaja y aporta sin manifestaciones a España.

El giro que entrega La Mayoría silenciosa, es el poder de inventar la deseabilidad de un proyecto político a priori, eliminando (discursivamente) a todo disidente y de paso, invalidando cualquier manifestación.

Las Mayorías Silenciosas son pleonasmos políticos y no exclusivos de la derecha (en el espectro partidista nacional). Todos los candidatos nacen de un mesianismo ancestral, han escuchado voces no pronunciadas (en el caso de Longueira no sería la primera vez), palabras ininteligibles para los que administran la política, y ellos, de los mismos conglomerados o latitudes diferentes son portadores de esa Piedra de Rosetta, que es capaz de traducir e identificar las demandas.

En el momento que los nuevos actores sociales, enfilados fuera de de la representación partidista hacen públicas sus demandas y presentan su malestar por la exclusión que sufren. Cuando son esos nuevos actores sociales que piden inclusión y reformas, donde la representatividad sufragista no tuvo alcance y los límites de acción de la política son removidos de su sedentarismo y abulia. Ahí es donde nacen voces que llaman a la Mayorias Imaginadas, construidas en base al deseo de gobernabilidad y no en respuesta a los cambios ciudadanos. Donde es mejor vanagloriar el trabajo hecho en materias económicas, porque el fracaso o el negar la profundización de inequidades comprometen el discurso y demuestra que la unidimensionalidad de los poderes políticos durante los últimos 20 años es unánime. Donde el temor de romper el status quo es mayor para la clase política, porque como sentenció hace bastante tiempo Cornelius Castoradis: Los políticos son impotentes […] Ya no tienen un programa. Su único objetivo es seguir en el Poder.

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