Juan Cristóbal Guarello: Discutamos el modelo

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El peor fantasma del empresario chileno es bien concreto: la Unidad Popular. Más allá de la caricatura de las colas, la violencia callejera o el chancho chino, quienes acumulan medios de producción y por lo tanto, la riqueza de este país, tienen sobradas razones para recordar con espanto los tres años de Salvador Allende en el poder. Esa pasada fue brava, porque desde el gobierno en conjunto con organizaciones sindicales, fueron de punta al corazón del empresariado: la propiedad de los medios de producción. Por entonces, estamos hablando hace 40 años, la discusión no se centraba en los abusos de la banca o en los derechos de los consumidores, sino en quién es dueño del aparato productivo nacional. Es decir se intentaba cambiar la estructura en su totalidad.

 Afortunadamente para ellos Augusto Pinochet vino al rescate para evitar las expropiaciones y devolver lo “socializado”. La discusión si fue legítimo o no en este momento es estéril y no nos meteremos en ella. Sin embargo es necesario recordar las declaraciones del mismo Pinochet, en los primeros días del poder total, cuando a la Televisión Española le dijo de manera tajante y sin metáforas, fiel a su estilo cuartelero, que “las conquistas de los trabajadores no serán tocadas”. 

 Sabemos que las palabras del dictador valieron poco. Paulatinamente los militares no sólo devolvieron a los empresarios sus propios negocios, sino que enajenaron miles que jamás les pertenecieron y en los que no habían puesto una gota de sudor ni un miserable escudo (energía, transporte, comunicaciones, educación, salud). El costo fue grande, porque, el dato es fundamental, ese cambio gigantesco no sólo favoreció a un grupo específico sino que se hizo sobre los hombros de la clase trabajadora. Para que las AFP pudieran transformarse en lo que son hoy, una bolsa de dinero que posee más de 100 mil millones de dólares para invertir a discreción, el chileno medio debe resignar pensiones, derechos, estabilidad laboral…

 Pero tampoco nos meteremos en esa discusión (legitimidad de las privatizaciones, concentración económica, precariedad laboral), porque ni siquiera está en este momento en la página inicial de la agenda debatirlo. Se da por hecho, en concomitancia entre los distintos sectores políticos que tiene representación parlamentaria, que el sistema es ése y no hay cómo modificarlo. Porque, además y con ayuda de los medios, se ha establecido como verdad única de que funciona bien y pone a nuestro país a la vanguardia no sólo de Latinoamérica sino que del mundo entero. Y posiblemente a nivel galáctico.

¿Entonces? Muy simple y éste es el punto después del exordio: hoy nadie debate la propiedad de los medios de producción ni la forma en que esos medios llegaron a las manos de los que llegaron. Lo que se discute es cómo esos medios abusan una y otra vez de los ciudadanos, cooptando el poder político, amedrentando al poder judicial y manejando los medios de comunicación. Tanto es así que hasta el Banco del Estado se unió al baile del abuso y el caradurismo.

Es decir, no les bastó con apoderarse del país completo con la ayuda de una dictadura de 16 años y una transición borrosa de 20 años, sino que también quieren reducir a los ciudadanos a meros consumidores, acríticos, vacíos, que aceptan cualquier cosa que se les da, aunque se les esté robando de manera explícita. 

La última perfomance de Jorge Awad, presidente de la asociación de bancos, fue sintomática: salió a amenazar que si no se les permitía seguir cambiando los contratos unilateralmente los costos iban a subir y el crédito se iba a restringir. En palabras sencillas: o nos dejan cobrar lo que se nos cante por ley o cobramos lo que se nos cante sin ley. 

Pese a que La Moneda ya le paró los carros al banquero, hay un detalle que es bueno recordar y se enlaza con el primer párrafo ¿Olvida el señor Awad en qué estaba nuestro país hace 40 años? ¿Olvida cómo estaban ellos con el poto a dos manos con la amenaza real de que les iban a quitar todo? ¿Olvida las colas en Pudahuel con empresarios huyendo del país y vendiendo sus negocios por dos pesos?

La falta de reflexión del empresariado chileno es terrible. Y la ceguera también. El tiempo del “hacemos lo que se nos da la gana” se terminó. Hoy la ciudadanía apenas está pidiendo que no abusen de ella, que no les cambien los contratos, que no les metan cláusulas abusivas, que no les cobren intereses de usura. Apenas lo básico que debe entregar una empresa. Y pese a este petitorio mínimo, los peces gordos reclaman, lloran, amenazan y despliegan todas sus tentáculos lobbistas. 

Mala idea. Porque si continúan en esa posición, en cualquier momento el eje de la discusión va a pasar al siguiente escalón (la concentración económica) y después al escalón que viene (la propiedad de los medios de producción). Y cuando tengan a un millón de personas en las calles exigiendo expropiaciones, como salieron un millón a pedir educación de calidad, ahí van a tener para llorar con razón y ganas. 

  

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