Columna de Copano: "Ya no somos los mismos"

Por Nicolás Copano: Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza

Sebastián Piñera es un personaje alucinante. Negarse a esa realidad, ya sea porque creas o no en sus valores es de una ceguera grotesca: ver cómo se mueve, cuando se enoja, sus frases desafortunadas o jugadas al borde de todo sorprenden. Piñera es un jugador, un especulador, un hombre que le habla al directorio, un abuelo querendón que se saca fotos jugando, un padre enojado, un marido impredecible. Es un personaje de esos que te duele extrañar. Cuando salga de escena, es probablemente junto a Ossandón (Manuel José) la única figura de derecha con proyección: cerca de nosotros, es el jefe insoportable. Lejos, generará un efecto desolación en este país que gusta de tener patrones: como cuando en Los Venegas, Moncho y el pelado al armar su Pyme, deciden contratar al Señor Retamales de jefe para mantener el status quo sin necesitarlo.

Todo lo que hace el Presidente en ejercicio es de novela: el final del 21 de Mayo, hablándole a su familia utilizando todo el presupuesto para cerrar un reality show es tan increíble como cuando dijo que en 20 días se había hecho más que en 20 años.

Insuperable también es el instante mágico cuando Moreira, enviado a Siberia con carteles en Providencia y gritando lealtades que a primera de cambio se quiebran, al acercarse recibe un desmoralizante “la vida no es justa”.

Piñera es de esa categoría de mandatarios mundiales del cual seguiremos hablando por años como Berlusconi o Menem. Gente de la cual siempre se descubren las consecuencias después y que genera herencias culturales para debatir en el café y armar títulos como “el fin de la inocencia” en columnas de papel.

Durante los últimos 3 años el gobierno que ha conducido sin duda ha cambiado Chile. Piñera recibe un país en el suelo y si no lo hacía crecer, realmente estábamos en el horno. A esa cifra se amarra para decirnos que le ha ganado a todos, como si fuésemos accionistas de una nación llamada Chile S.A. donde la educación, por supuesto, es un bien de consumo. Piñera se desespera al ver que despreciamos su amor por el dinero y queremos “más dignidad e igualdad” y nos compara con un mundo donde el modelo se cae a pedazos. Nos hace sentir malagradecidos por querer más y más, como un Sven Von Appen que en la demencia senil siente que necesitamos irnos al carajo.

Piñera no cree eso. Estoy seguro que es ahí donde difiere de Von Appen. Pero tampoco comprende que hay una nueva generación de gente afuera que no tiene un proyecto político al cual llegar. Los indignados no somos de la lógica polarizante de la Guerra Fría. Somos hijos de la democracia que siempre vivieron en cierta abundancia otorgada por los créditos a sus padres, y realmente no queremos un auto caro, o un trabajo que nos chupe la vida entera, o tener niños que mantener.

Queremos algo súper difícil de entender: plenitud y felicidad. Libertad pero de ser libre de tener que responder a las expectativas de los demás.

Eso siento que es el gran problema: la apuesta de Sebastián y compañía es un poco uniformalizarnos para mantener la rueda productiva. Por eso se les ocurren ideas locas como el Bono de bodas o un Bono para el tercer hijo. Y es comprensible que quieran que sigamos endeudados y respetando sus ideas. Creyendo en un Dios único que lanza rayos y nos castiga, para en realidad no reclamar mucho.

Lo que no captó nunca Piñera en estos años fue eso. No comprendió que hay una realidad más allá de la suya, y ojo que no creo que sea culpa de él. Es culpa de una construcción de país que se está desmoronando lentamente. Estamos viviendo un momento histórico: la gente está buscando dignificarse. No enriquecerse necesariamente. Incluso a través del emprendimiento hay una búsqueda por sentirse mejor y dueño de sí. Grupos de personas, de diferentes identidades, buscan su espacio y se sienten contentos de ser como son.

Y les ofende cuando algún comediante o institución les falta el respeto: en el Chile de ayer se habrían quedado callados. Y es que del silencio, de la conformidad, la nueva búsqueda es la de “la medida de lo imposible”.

Si hay algo que agradecer de este Gobierno es que nos   abrió los ojos: no sirve de nada tener 20 mil dólares per cápita si hay gente en los albergues. No tiene sentido el éxito y sus celebraciones si no hay con quién compartirlo.

Fue un contexto también: el Gobierno de Sebastián Piñera sin Internet, con la tele de los 90’ les aseguro sería un éxito, con los ministros circulantes en los programas de conversación gritando “vamos, vamos chilenos”.

Pero no le tocó. En cambio le pasó todo lo que conocemos. Y ya fue.

Sebastián ya no es el mismo, y nosotros tampoco.

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