Adriana Villamizar: ¿Y a mí qué me importa?

Por Adriana Villamizar

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Miente cualquiera que diga que no le gusta la política. La política no es la discusión por el salario mínimo que se da en el parlamento ni si sale uno u otro partido para las elecciones del 2014. La política es la organización de la sociedad; somos animales racionales y políticos.

Pero antes que racionales y políticos, somos animales. Y como animales, somos susceptibles de ser condicionados a reaccionar de cierta manera frente a determinados estímulos. Desde pequeños asociamos una situación con una sensación. Basta eso para tener un gran prejuicio frente a algo.

Hoy todos son conscientes de su condición de políticos y pueden proponer sus soluciones para la “contingencia nacional” porque es muy fácil adquirir información. Hace poco estuve leyendo una columna respecto a la nueva Ordenanza de Tenencia Responsable de animales que la alcaldesa, Carolina Tohá, implementó en la comuna de Santiago Centro desde Enero de este año. No fue eso lo que me llamó la atención, sino el gran número de personas que comentaban diciendo “¿Y a mí que me importan los animales?”. La respuesta a esa pregunta es más o menos obvia: nada. A esa persona no le importan los animales. Ese es y no es el problema.

No es el problema porque tenemos libertad de pensar. A la vez, es el problema porque no se puede pretender hacer una política pública para solucionar un problema, (que más que sanitario es cultural) si no hay un interés por parte de los que están llamados a cumplir lo que se intenta normar ¿Desde cuándo una ley ha sido capaz de cambiar de lo que la gente piensa?

No sirve educar desde el miedo: educar desde el miedo sólo logra personas reprimidas que constantemente buscan la manera de evadir. Sólo reafirma el lema de “hecha la norma, hecha la trampa”. Cualquier tipo de regla es inútil si no se busca educar desde la consciencia.

En este caso, resulta inútil hasta cierto punto legislar respecto al cuidado animal- y presumir dominio, desincentivando la compasión- si las personas siguen pensando en que los animales son fútiles y es posible abandonarlos “porque no sienten”. Evadirán.

Sucede lo mismo en el caso de la educación; resulta inútil legislar al respecto, si aquellos que podrían eventualmente tener la oportunidad de educarse, prefieren perder el tiempo o si aquellos que logran obtener algún grado, salen a un mundo laboral donde no son apreciados.

Somos animales. Estamos siempre condicionados; no sirven luego, las campañas de dos días en los colegios sobre “seguridad sexual” si la sociedad dice que es “normal” iniciarte sexualmente a los 12 años; no sirve que vaya el encargado con fotos de perros desnutridos, si sigue la idea de que podemos disponer a nuestro gusto del resto de la vida en la tierra. No sirven las buenas intenciones, si no hay una mentalidad social capaz de recibirlas.

Somos racionales. Estamos llamados a buscar soluciones lógicas una vez que somos conscientes de un problema. Y el problema es la consciencia colectiva: una consciencia colectiva dormida. Pero no basta con salir a marchar cada vez que lo anuncian; no basta adherir a un partido ni compartir una foto en Facebook. La consciencia se despierta a piedras espirituales: a ponerse un propósito individual. Somos políticos, tenemos la obligación de velar por la subsistencia de la vida en sociedad y del medio ambiente. Miente cualquiera que diga que no le gusta la política ¿Y a mí qué me importa? Ninguna legislación sirve, sin compromiso. Interesarse: Basta eso para derribar un prejuicio.

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