Mi Columna de Gabriel Espinoza: Discriminación

Por Gabriel Espinoza

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Hace casi dos semanas que ocurrió un hecho muy peculiar. La comunidad judía y particulares, presentaron su molestia (ante CNTV) sobre una broma alusiva a un contexto histórico delicado en los países europeos y para la comunidad judía (pero no exclusiva de ellos), el genocidio sufrido en los campos de concentración bajo el Tercer Reich. Esta broma ocurrió en la rutina de una marioneta, aka: Murdock. Este último, un nombre/apellido proveniente de un idioma indoeuropeo, de la rama Celta, Gaélica. Mundo poco relacionado con la herencia judaica, y con el sincretismo que generó la colonización sudamericana, siendo muy extraño en nuestro país. Por su parte, Elías Escobedo, aka: Murdock, tiene un nombre de herencia judaica pero helenizado, que sin dudas es un profeta relevante, tanto en la tradición judía como cristiana.

La broma, que sin ánimos de generar los agravios ocasionados, despierta sensibilidades e introduce la actuación de un trapo en cuestionamientos morales, éticos, valóricos, de humanidad, y la promesa de la hecatombe del espíritu de nuestra civilización. En un país donde todavía hay miles de cabos que resolver en cuanto a la memoria histórica golpista y genocida del estado, que al igual que el dirigido por el Tercer Reich, exterminó de manera sistemática a un grupo de la población, no sólo bajo el Golpe del 73′, sino en una larga tradición que va desde las matanzas obreras, desidia contra el peonaje y sus multitudinarias formas de esconder y convertir a gente en cenizas, o como dijo el muñeco interpretado por un chileno con nombre judaico que bautizó a su creación con un nombre Gaélico, ser combustible humano.

El conflicto sigue, no es el hecho de que una comunidad que hasta la fecha mantiene un conflicto político territorial violento, con otra comunidad semita, no tenga probidad para exigir lo que es suyo por derecho propio, por ontología, por ser humanos: Respeto. Pero sí se plantea el conflicto de que estamos haciendo algo mal. No es bajar el grado de estupidez que contiene la broma, que podría ser traspuesta a cualquier otra historia terrible de algún pueblo, nación, comunidad imaginada (en palabras de Benedict Anderson). Tal como señalar algún conflicto con nuestra propia historia, sobre los torturados o algún crimen de lesa humanidad, que fue el elemento que reinó en la broma. No el antisemitismo, porque hay muchos más pueblos semitas que el judío (y la broma dista de ser judiofóbica) o tampoco el ataque a su construcción como pueblo.

El tema va por el mal manejo y constante refuerzo discursivo de un comediante (y otros no empalizados por el mismo crimen) que acostumbrados a las patéticas bromas xenofóbas, homolesbotransfóbicas y racistas que reinan en el ideario del país de los mejores en que creemos habitar, azotan las conversaciones privadas y públicas, siendo la manera de ubicarnos en la región, planeta, sistema solar, el cosmos y más allá.

El problema radica en una construcción del mundo altamente excluyente, que supera el plano legislativo y la transformación cultural que esta logra alcanzar. Situación que trasciende a Murdock, en forma y contenido, pero cae el juicio en él, porque: Es heredero de una tradición desafortunada de discursos excluyentes, su condición no estratégica en los medios comunicacionales y el agravio contra una comunidad unida y con antecedentes objetivos de sufrimiento altamente compartidos. Dejando al personaje de extraños nombres fuera del espectro televisivo, terminando como la peor broma.

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