Federico García: Ética para los gerentes

Por Federico García Larraín

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La sentencia del juez en el caso de las farmacias coludidas fue un tanto sorprendente (por decir lo menos): una donación a una ONG y asistencia a clases de ética profesional para los ejecutivos. No es razonable suponer ingenuidad en la autoridad pero es dudoso que un castigo como ese sirva de ejemplo a quienes se vean tentados similarmente o para reformar a los culpables.

Al parecer la ley no permitía penas mayores. Aun así, no tiene ningún sentido obligar a alguien a ir a clases de ética empresarial, ya que en cualquier curso la motivación es fundamental para el resultado. No es que los gerentes se hayan coludido por ignorancia o que no pudieran haber sabido que con sus decisiones iban a hacer más dura la vida a muchos compatriotas.

Además, dado que vivimos en una sociedad pluralista (no está explícito en nuestra Carta Fundamental, pero los intelectuales bien pensantes nos tienen casi convencidos de ello) es problemático decidir qué tipo de ética se puede poner como modelo a los ejecutivos de las farmacias. Si les enseña la moral kantiana probablemente no entiendan nada. Por otra parte, el hedonismo de Bentham, el utilitarismo de Mill o el nihilismo Nietzsche podrían producir resultados adversos. Si se pretende simplemente presentar distintas teorías para que cada uno escoja la suya, como suelen formularse los cursos de ética actualmente, no hace falta, eso ya lo hicieron.

No es un problema intelectual: lo bueno y lo malo están claros en un caso como este. Es un problema del querer, que es mucho más complejo. Todos nos hemos visto en situaciones en las que sabemos lo que es bueno y sin embargo hacemos lo contrario. Así es el hombre. Esto no quiere decir que no haya solución, sino que está en un nivel más profundo.

Habría que remontarse en el tiempo: los actos se transforman en hábitos y los hábitos en el carácter. Detrás de cada acto hay un querer. ¿Qué es lo que quieren, para su vida, los gerentes de las farmacias? Quizás la ética empresarial sobra y lo que hace falta es una ética general, un examen del “ethos”, de la forma de vida. Si el “ethos” de una persona –o sociedad– está orientado principalmente hacia la adquisición de bienes materiales, unas cuantas clases o donaciones obligadas no van a cambiar nada.

Para lograr cambiar el “ethos” de estos ejecutivos una sanción ejemplar podría haber sido el tener que vivir un mes con el presupuesto del cliente promedio de la farmacia, o pasar más tiempo con sus propios hijos (¿En cuánto los valoran? ¿Cuánto tiempo, atención y dedicación invierten en ellos?). La lectura de los libros de A. Solzhenitzyn y de V. Frankl son también una ayuda para superar la superficialidad.

Ahora, en una sociedad cohesionada, quien la dañare de esa manera sería condenado por una ley muy dura, que los niños aplican sin mucho tino: la ley del hielo. Pero para eso tendría que haber sociedad y no una mera agrupación de individuos viviendo en el mismo territorio. Un castigo como ese puede ser saludable, o puede ser un veneno para el alma, pero al menos es ejemplar.

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