Cesar Muñoz: La valoración social y personal de la Educación Técnica en Chile

Por César Muñoz

¿Se acuerdan cuando cantaba Pancho Puelma a mediados de los 80’s: “Será un ingeniero dice el abuelo, una gran arquitecto sería perfecto… no, no mejor empresario será millonario…”? Esta canción, inspirada en el nacimiento de su hijo y de lo que su mundo más cercano deseaba para su futuro, ya evidenciaba la valorización social que persiste hasta hoy hacia las llamadas carreras universitarias top en Chile.

No es necesario decir que en ninguna parte de la canción se hace la mínima mención, ni para bien ni mal, que ser técnico en minería, contador o técnico en metalmecánica, podrían ser también legítimas opciones en la vida.

Con toda la relevancia que ha tomado educación en el debate público en los últimos años, gracias –desde luego– al movimiento estudiantil, aún existen los “parientes pobres” del debate educativo: la educación parvularia, la educación especial, de adultos y, particularmente, la educación técnico-profesional (TP). Esto se debe a la escasa valorización individual, social y económica de las potencialidades de las carreras técnicas.
 

Parece haber un cierto consenso de la necesidad de fortalecer la educación técnico profesional, tanto a nivel de la enseñanza media, como en la impartida a nivel superior. Cada cierto tiempo se escucha a autoridades políticas, empresariado, académicos, y hasta los propios actores que trabajan en estos liceos e instituciones, entregarle un rol clave para el desarrollo tanto social como de la innovación y producción del país. Sin embargo, nadie termina por ponerle el cascabel al gato y darle el impulso necesita.

Son conocidos algunos de los problemas que debe enfrentar la formación técnico profesional en Chile, como la vinculación con las necesidades laborales de los distintos sectores productivos, mayor flexibilidad que permita una transición más fácil desde la formación técnica de nivel secundario hacia la educación superior, el deplorable estado de la infraestructura y equipamiento de algunos Liceos Técnico Profesionales (invito a ver nuevamente reportaje de Contacto sobre tema o el documental Máquina Oxidada, sobre la reciente toma del Liceo Industrial Chileno Alemán); o cómo avanzar hacia una mejor y mayor acreditación institucional y de programas, tanto en los Institutos Profesionales y Centros de Formación Técnica.
 

Así y todo son buenas noticias que la matrícula en carreras técnicas de nivel superior haya crecido en los últimos años. Tal como lo señalan distintas organizaciones gremiales (como la Sofofa), se estima un déficit de alrededor de 700 mil técnicos, de los cuales un poco más de un 10% corresponde sólo a déficit en el sector minero. El portal Trabajando.com muestra que, además, existe además una demanda creciente por técnicos de nivel superior en áreas tan disimiles como Administración de Empresas y en RRHH, Soporte Computacional, Electricidad y Electricidad Industrial, Enfermería, etc.
 

Tal como lo indicó la Comisión Asesora externa convocada por el Ministerio de Educación el año 2009, la formación técnico-profesional puede (y debe) transformarse en un factor clave para apoyar tanto la competitividad del país como la empleabilidad de las personas, en un contexto en que se busca como sociedad mejorar la capacidad de innovación y la productividad del país y, de esta forma, lograr mayor crecimiento económico que garanticen el bienestar de las personas y la cohesión social.
Junto con el valor social de la educación técnica para Chile, también existe un valor individual.

La encuesta CASEN 2011 nos muestra que los ingresos promedios mensuales de los titulados en especialidades técnico-profesionales alcanza los $370.000. Por su parte, el salario promedio de un técnico o profesional egresado de un Instituto Profesional o Centro de Formación Técnica puede llegar a los $700.000 mensuales, en comparación al monto de salario promedio de un $1.000.000 que obtienen titulados de Universidades.
 

Agreguemos a esto, que las carreras técnicas tienden a ser de más corta duración (4 semestres en promedio versus 8 a 10 semestres de las carreras universitarias), y con un costo promedio inferior al de las carreras universitarias: mientras una carrera técnica bordea los $120.000 mensuales, el arancel promedio de una carrera universitaria es casi el doble.

Estas son señales del atractivo y potencial que tienen las carreras técnicas en algunas áreas, que deben aprovecharse para revalorizar esta modalidad en Chile, pero que deben ir de la mano de políticas públicas serias y permanentes que permitan fortalecer la formación técnica, incrementar la inversión pública y privada, y posicionarla en la agenda pública de educación.

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