Columna del sacerdote Hugo Tagle: ¡Grande Papa Francisco!

Por Hugo Tagle M.

Antes de referirme al Papa Francisco y su visita a Brasil, dos líneas sobre un acontecimiento médico notable. El transplante de riñón a una niñita de 57 días de vida, Javiera Mansilla, de Chiloé. Todo un hito en la medicina chilena y un claro ejemplo de lo que es capaz por salvar una vida. Javiera venía con una malformación que se pudo diagnosticar a pocos meses de su gestación. En dos palabras, una vida “inviable”, como se podía prever con facilidad. Candidata a morir pocos meses después de nacer. Pero nació y se esperó a la posibilidad de un transplante. Llegó el riñón que necesitaban. Y se pudo hacer el transplante ¿y si se hubiese tirado la toalla antes? Se hubiese hablado de las bajísimas probabilidades de vida que tenía luego de nacer, que no valía la pena que viviera. Mejor ahorrarle a la madre la experiencia traumática de dar a luz un hijo “inviable”. Gracias a Dios, los padres de Javiera siguieron con el embarazo y se sometieron a los exámenes de rigor, corriendo el riesgo de que no apareciera ningún donante. El amor a la vida pudo más. Habrá que ver cómo evoluciona Javiera. Pero ya se hizo lo más importante: el intento tenaz por salvar una vida, por pequeña y frágil que sea.

Y sobre el Papa Francisco y su visita a Brasil. Desde aquí un saludo a los miles de peregrinos chilenos y a esos casi 2 millones de jóvenes participantes en la JMJ Río 2013, que se reunieron y reunirán aún con el Papa en estos días de Jornada. Ellos representan a esos millones de jóvenes en el mundo sedientos de Dios, de sentido de vida, de ganas de darse. Y éstas no son frases de ocasión. Es la realidad que muestran jóvenes que anhelan un encuentro con Dios, experiencia de una Iglesia viva y servidora de los hombres.

El Papa invitó a asumir tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría. Dios camina a nuestro lado, dice el Papa, en ningún momento nos abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón.

El cristiano está llamado a ser luz de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la sociedad. Ellos no sólo necesitan bienes materiales: necesitan ejemplos de integridad, respeto por el hombre, rectitud y pasión por la vida y el servicio.

El cristiano es alegre, nunca triste. De ahí que la actitud de todo hombre de fe, es vivir cada día como si fuese el primero y el último, el mejor. Solo tenemos esta vida para hacer el bien.

Grande Francisco. Su paso por este continente será una bendición.

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