Columna de libros: Lytton Strachey: el placer de la crítica

El nombre de Lytton Strachey puede no sonar muchas campanas por estos lados. Tal vez los que vieron a la actriz Emma Thompson en la película Carrington, en la que interpretaba a la pintora Dora Carrington, recordarán la relación –llamémosla inusual- que mantuvo con Strachey, un escritos y crítico inglés, y, además, uno de los fundadores del grupo Bloomsbury, que reunía a intelectuales, por ejemplo, a Virginia Woolf.
Ediciones UDP publicó hacia finales del año pasado, el libro Perfiles críticos, una selección de once textos escritos por Strachey, en torno a personajes. Sin duda son escritos diferentes, como aquella pieza en que trata de desentrañar los años que Voltaire pasó en Inglaterra, o aquel otro que se centra en Dostoievski pero desde el punto de vista del humor, de hecho, el perfil se llama “Un humorista ruso”.
Me parece que fue un acierto abrir el libro con “Un crítico victoriano”, en el que Strachey haciendo uso de una prosa envidiable y su propio sentido del humor, nos habla del crítico Matthew Arnold, a raíz de un volumen con escritos de él recientemente aparecido. Primero nos dirá: “[…] en esta colección de ensayos, yace revelada la que realmente fue la debilidad esencial y fatal de la época victoriana: su incapacidad crítica” (21). De ahí en más, nos iremos enterando de la incapacidad específica del tal Arnold.
Es interesantísimo el perfil que arma de Lady Hester Stanhope, que bien parece un ícono de la excentricidad aristócrata; como también el texto en que aborda la obra del poeta William Blake: “Tal música no ha de ser tarareada a la ligera por los mortales: para nosotros, en nuestra debilidad, unos pocos acordes de ella, de vez en cuando, entre el murmullo de la cháchara habitual, son suficientes” (54).
Hacia el final del libro, nos encontramos con “Palabra y poesía”, originalmente una introducción para Words and poetry de George Rylands, otro integrante de Bloomsbury. Allí se centra en Shakespeare –aquel a quien ningún escritor inglés puede “evitar por más de algunos poquísimos instantes” (168), preguntándose por qué si el dramaturgo y poeta inglés era “por lejos el más grande maestro de las palabras que jamás existió”, no solía abordársele desde esa perspectiva, hasta Rylands debemos suponer, quien, de hecho, era un experto en Shakespeare. Terminará el texto con las siguientes palabras: “Como poeta empezó, y como poeta acabó. Seres humanos, vida, destino, realidad –ya no le importaban tales cosas. Eran productos de la imaginación, meras ideas; y la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras” (170). Aprovecha allí las palabras pronunciadas por Mallarmé: “la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras”, y que bien podrían asignársele al propio Strachey. Por cierto sus textos están llenos de ideas, puntos de vista, pensamientos; pero lo que los hace un placer muy, muy, recomendable, son las palabras, sus palabras, después de todo, Strachey no era un crítico a secas, sino un escritor.

Strachey, Lytton. Perfiles críticos. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012.