Juan Manuel Astorga: Lo que nos corresponde a nosotros

Por Juan Manuel Astorga

A una semana de cumplirse los 40 años del golpe militar, han abundado revisiones sobre lo hecho y, fundamentalmente, lo que falta por hacer para avanzar en la reconstrucción de ese pedazo de nuestra historia, sin duda el más controvertido y doloroso del último siglo. Uno traumático, como lo describía ayer el Presidente Sebastián Piñera, y que queremos superar, aunque no olvidar. Y para ello nadie podría negar que se necesita verdad -esa que aún falta sobre el paradero de los detenidos desaparecidos-, justicia y reparación a sus familiares y a las víctimas de torturas, el exilio y las exoneraciones políticas.
Imposible más descriptivo, Piñera dijo sin embargo que muchas veces no basta con la verdad y la justicia, sino que se requieren otras virtudes. “Dentro de ello, que la sociedad chilena se haga un examen de conciencia, una reflexión, y si cree que no actuó bien lo diga en forma fuerte y clara”.
Hace algunos días, el senador de la UDI Hernán Larraín sorprendió a todos, pero especialmente a su propio sector político, al pedir perdón por lo que haya hecho o por omitir lo que debía hacer en su momento durante la dictadura. Lo propio dijeron los parlamentarios socialistas Osvaldo Andrade y Camilo Escalona, por el rol que le cupo a su partido durante la Unidad Popular. Se agregó a esa lista la Asociación de Magistrados, que reconoció que pudo haber hecho mucho más durante el régimen militar.
Ya han pedido perdón institucionalmente los militares, el parlamento y, a nombre del país, el entonces Presidente Patricio Aylwin. Podemos discutir qué tan profundas y genuinas son esas peticiones y si han ido o no acompañadas de gestos concretos de arrepentimiento, pero ahí están, sobre la mesa. ¿Cuáles faltan?
Los magistrados emplazaron a la Corte Suprema a reconocer sus errores en la denegación sistemática de justicia durante los años posteriores al Golpe. El máximo tribunal ha deslizado que estudiará el tema en estos días. Pero aún resta por conocer la posición de la prensa frente a un hecho que no le es ajeno.
“Los medios de comunicación pudieron haber hecho mucho más en haber investigado la realidad de las violaciones a los Derechos Humanos, con mucho más rigor y profundidad, y no quedarse con la versión oficial del gobierno militar”. La reflexión la hizo Piñera, al cuestionar abiertamente el rol de los medios de comunicación durante la dictadura, en una reunión con corresponsales de la prensa extranjera.
La prensa es mucho más que un mero puente entre los protagonistas de las noticias y sus consumidores. La historia se ha encargado de confirmarnos una y otra vez que los medios de comunicación han jugado un rol más activo que pasivo en determinados momentos. Lo tuvo durante el gobierno de Salvador Allende, donde la radicalización de las posturas ideológicas fue replicada por los diarios, las revistas y las radios. Mientras un puñado de esos medios estaba en manos de algunos partidos políticos de izquierda, los otros, en su gran mayoría, eran controlados por empresarios agrícolas, textiles, mineros y editoriales. La confrontación que se vivía en las calles, también se repetía en las portadas y programas. La agresividad no era sólo política, sino que también periodística.
Tras el Golpe de Estado, el bando Nº1 ordenó cerrar los medios afines a la UP y desde entonces se impuso la censura y el término de las libertades públicas. Los medios que sobrevivieron al 11 de septiembre, en su gran mayoría, se limitaron a informar sólo basándose en la información oficial emanada de la junta militar de gobierno. A pesar de férreo control impuesto por la dictadura, hubo periodistas que arriesgaron su libertad e incluso la vida por divulgar lo que otros sabían, pero callaban por temor. Demás está decir que varios otros -y no pocos- obviaron decir la verdad por conveniencia y afinidad al régimen.
El ejercicio de esta profesión se somete a prueba precisamente en momentos complejos. Sacar a la luz la verdad cuando al poderoso le conviene la oscuridad. Divulgar lo que no se dice, no importa cuánto cueste. Limitarse a reproducir comunicados, sin intentar siquiera contrastar la versión oficial, está lejos de ser periodismo.
Hace algunos años, el entonces Presidente Ricardo Lagos, llamó a los medios a hacer un mea culpa sobre el rol que desempeñaron desde los años 70 en adelante. Algunos como canal 13 y TVN reconocieron sus culpas por haber difundido información falsa o sin chequeo ni contraparte. Otros, como el diario El Mercurio, siguen guardando riguroso silencio sobre su responsabilidad en esa época. No sólo por negar la publicación de verdades, sino por haber recibido millones de dólares desde Estados Unidos para desestabilizar editorialmente al gobierno de Allende. Un comité senatorial norteamericano y numerosos documentos desclasificados de la CIA y el FBI hechos públicos en las últimas décadas así lo confirman oficialmente.
A 40 años del Golpe, los medios se han limitado a publicar lo que unos y otros dicen sobre lo ocurrido, evitando implícitamente reconocer que varios de ellos también fueron protagonistas de esa historia. No se puede jugar al mensajero cuando también se fue remitente o destinatario del mensaje. Y por sobre todo, no se puede “olvidar” la responsabilidad propia. Bien lo dijo Piñera: olvidar no ayuda al proceso de superar.

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