Niños y jóvenes chilenos evacuados se sentían en Siria como en una cárcel

Por EFE

Para los jóvenes y niños sirio-chilenos evacuados al Líbano, su vida en Siria se resumía en estar recluidos en sus casas, como en una prisión, a causa de la violencia y de las amenazas que en ocasiones recibían por su aspecto y vestimenta.

“No nos permitían salir a la calle sin hiyab (velo islámico) y nos prohibían usar pantalones”, dice a Efe en Beirut Estrella, de 17 años, una de las integrantes del grupo de 34 chilenos que el Gobierno de Chile  ha sacado de Siria ante una eventual intervención militar.

Estrella explica que debido a la presión de algunos rebeldes de tendencia extremista en su ciudad, Homs (centro), no pudo hacerse los documentos sirios y solo consiguió abandonar Siria gracias a su pasaporte chileno.

Para su hermano Mahmud, de 18 años, la situación era similar. Desde hacía tiempo no iba ni al instituto porque su cabello largo levantó sospechas.

“Me consideraban un espía y amenazaron con degollarme, así que mi vida transcurría encerrado en una habitación. Eso no era vida, era como estar enterrado vivo”, denuncia a Efe el joven.

Mahmud describe las penalidades sufridas en Homs, una de las ciudades más castigadas por la guerra, sin luz y con escasez de agua y alimentos.

Lo que más le impresionó fue el secuestro de un amigo, por cuyo rescate pidieron dinero. “Lo devolvieron en pedazos y con marcas de tortura en todo su cuerpo, verlo fue algo que nunca podré olvidar”, señala.

Los menores evacuados al Líbano no ocultan su pavor a los bombardeos, los francotiradores y los coches bomba, que les han dejado secuelas.

“Tengo muchas pesadillas, sobre todo por los bombardeos y los secuestros. Estoy muy triste por cómo se está destruyendo el país”, afirma Taher, de 11 años, que vivía en la periferia de Damasco.

Para este niño, el mayor miedo era que a su padre le ocurriera algo cuando se encontraba en la calle.

Una vez que estaba solo en casa, escuchó disparos en el exterior y al asomarse vio que el blanco del ataque había sido el vehículo de su familia, que acababa de llegar.

Tampoco salía de casa Salam, de 15 años, que lamenta haber perdido el año escolar. El último semestre, su madre le prohibió ir a la escuela ante el deterioro de la situación.

“Algunas veces podíamos ir al colegio y otras no por los bombardeos y el corte del camino ante las alertas de coche bomba”, sostiene.

Todos los menores cuentan que algunas veces cayeron bombas en el interior de sus colegios provocando daños materiales y que cuando caminaban por la calle miraban para todos los lados por temor a los francotiradores y los coches bomba.

Lamia, una joven licenciada en Economía que ahora se dedica a la educación especializada, apunta a Efe que entre “la infinidad de problemas” que acechan a los niños están el insomnio, las pesadillas e incluso el rechazo a comer porque han perdido el gusto.

“Muchos menores tienen dificultades para expresar el drama que han vivido, no pueden concentrarse, no saben jugar, y algunos emplean la violencia contra sus compañeros, pero se preguntan si se han vuelto locos cuando se dan cuenta de lo que han hecho”, recalca.

El grupo de chilenos no oculta su angustia por el futuro y está instalado en Beirut durante un plazo inicial de veinte días, ya que por el momento no tiene interés en volver a  Chile .

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