Columna de Copano: "El pasado pensado"

Por Nicolás Copano

La historia es como esas peliculas de terror: donde te escondas, te encuentran. A esta hora, muchos defensores acérrimos del pinochetismo deben estar asustados por ser enfrentados a la verdad en ese circo que siempre controlaron: el catódico. Uno donde generaron los mitos de silencio, donde se supone que “a la gente le aburría que hablaran del tema”, como me decían a mí hace cinco años cuando escribíamos guiones de humor para parodiar dictadores. Yo no olvido que así era la tele hasta hace poco. Pero fíjense que el tiempo siempre gana e impone la verdad. Y aquí la única verdad que existe es que abusar del poder y exterminar a otro por lo que piensa, torturando y quebrando familias completas, traumando a generaciones, está mal.

Yo me imagino a los historiadores adictos al régimen y a sus columnistas contentos escribiendo la historia desde esa prudencia tan chilena basada en la forma y no en el fondo. En general son pobres diablos que esperan unas migajas patronales ridículas al defender ídolos de cartón. Pero en su momento fueron estelares: fueron celebrados por sus “ocurrencias”. Por su defensa pobre de la creación de pobres. 

Ellos eran los dueños de todo. Eran los dueños de la historia.

Lo entretenido de todo esto, a 40 años de algo horrible es que su lógica se les cae a pedazos y quedan como caricaturas todos los días. No soportan la construcción multicultural. No aguantan que existan más voces. Ruegan por volver a la época en donde respeto significaba sumisión.

Están traumados por la verdad. Y antes fueron lo oficial. Nunca se olviden de esto. Pero se han vuelto marginales, gritones, amenazantes y siempre fuera de juego.

Pedirles que pidan perdón, a esta altura, es mucho y estas últimas semanas muchos han develado lo miserables que son. Es que no está incluido en su formación: les enseñaron a ganar. Les enseñaron que todo es suyo. Pero no: quizás las cosas, que pierden valor con el tiempo, lo son. 

Las ideas son a pruebas de balas como dice el gran Alan Moore.

Lo que odian, se transformó en una idea.

Ellos, los fanáticos de Augusto José Ramón, secreta y públicamente, en unos museos del modelo que se va. Y se va por egoísta e incapaz de conectar con un mundo más sofisticado, más nuestro, más vinculado con lo que debemos cuidar.

Le tienen miedo a pedir perdón, porque son tan desconfiados que piensan que se les lanzarán encima y les quitarán todo, porque finalmente ellos lo harían sin dudar. Ellos sí tomarían las armas otra vez. Pero ya no pueden. Y están debilitados porque son inseguros. Inseguros y se reflejan en el tener. Tener no es nada. Realmente no es nada. Son pobres tipos llenos de plata. Son esclavos de los cheques.

Su pasado pensado no conecta con la multitud de voces.

Dicen hablar de la objetividad, porque saben que les beneficia la frialdad y el cálculo. Pero la batalla cultural la perdieron. Y van a seguir perdiendo.

Este país no va a caer. Y si cae, ¿qué? ¿Qué perdemos si finalmente nos dejaron sin dignidad? Tenemos cosas tal vez, tarjetas de crédito, pero no mucha dignidad. Esa es la peor herencia de la dictadura: haber cosificado hasta la vida de las personas.

En el pasado diseñaron el futuro, esos historiadores de bibliotecas gigantes, dueños de imponer lo que creían. Racistas secretos, clasistas públicos. Se les ve en televisión, lanzando ladridos que en dos décadas serán ilegales. Serán el nazismo del sur. Son vergonzosos. Son viejitos patéticos que pierden el poder. Su vida se basó en el abuso y fracasaron y fracasarán. 

El país se les cae a ellos. Porque son adictos al control. Y muchachos, eso fue lo que se acabó en 40 años: ya nadie puede decidir por ti. Ese es el legado de los muertos de todos. Muertos que algún día debemos saber dónde están. Y es que la paz llega de la mano de la justicia. Y la memoria nos hace aprender para no volver a fallar. Nunca más. 

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