Paulina Contreras y Gonzalo Oyarzún: Por qué decir alto al Simce

Por Paulina Contreras - Gonzalo Oyarzún

La medición educativa, como cualquier herramienta, no tiene valor en sí misma. A nadie se le ocurriría odiar al martillo que le pegó en el dedo o amar al que le permite colgar cuadros. Ahora bien, esto no significa que nos quedaremos indiferentes cuando alguien mate a otro a martillazos. En el caso del SIMCE, analizarlo como si fuera sólo un instrumento confunde más que esclarece. El SIMCE no es simplemente una prueba de lenguaje, matemática, y un creciente etc. Es un sistema de medidas concebidas para presionar a las escuelas a operar en torno al puntaje SIMCE, cuestión que logra con creces. Así, en muchas escuelas, la vida se ha organizado en torno a esta prueba, se aumentan las horas de los subsectores curriculares medidos, en desmedro de otros que no lo son y de pronto la matemática es obviamente mucho más importante que el arte, sólo porque la primera se mide.  También se disminuyen los recreos, se eliminan actividades extra-programáticas y/o se acortan los tiempos de almuerzo.
Colegios y comunas enteras gastan una gran cantidad de recursos contratando a empresas para que realicen “ensayos” del SIMCE, para comenzar a acostumbrar a los alumnos y alumnas a responder este tipo de pruebas. La rendición de esta prueba se ha vuelto la actuación central de la escuela, y para actuar bien hay que ensayar primero.
Esto no sucede por ignorancia o maldad de sostenedores, directores y profesores, sino porque las consecuencias del SIMCE son cada vez más graves y no invertir todos los esfuerzos imaginables en él puede significar hasta el cierre de una escuela. Una escuela que es mucho más que un mero organismo prestador de un servicio, si no que es una comunidad que produce lazos afectivos entre sus miembros, quienes tienden a querer salvarla de la muerte estandarizada.
El problema no es, entonces, el martillo. No se trata de cuáles o cuántos subsectores mida el SIMCE, ni de sus virtudes o debilidades psicométricas –debate en el cual se tienen a centrar la tecnocracia gubernamental y think tanks. Se trata más bien de que los puntajes que obtienen los alumnos en esta prueba se transforman en un evento que regula la vida pedagógica de nuestras escuelas, pues de ellos depende recibir el garrote o la zanahoria.
Todo esto tiene consecuencias nefastas, como profesores estresados porque sienten que no tienen control sobre el puntaje que obtienen sus alumnos, inundados por el miedo del posible cierre de las escuelas por no cumplir las metas, sostenedores deseosos de expulsar a los alumnos que les bajan el puntaje, padres medicando a sus niños para que se concentren en clases y puedan rendir lo máximo posible, subsectores relegados al cuarto de los cachureos. Instala la desconfianza en los profesores, porque ya no son ellos, como cualquier otro profesional, los encargados de evaluar los productos de su trabajo, sino un organismo centralizado, hoy llamado Agencia de la Calidad de la Educación, que determina qué escuelas y profesores son buenos o malos. Esta es la realidad que está carcomiendo nuestro sistema escolar. 
Mientras el SIMCE consigue mostrar algo acerca del desempeño de los estudiantes, oculta varias otras cosas, tanto o más importantes. Oculta la relación de los niños entre ellos, con sus profesores, con sus familias, que es una de las cosas más importantes que van a aprender a la escuela. Oculta el sentido que tiene la escuela para todas estas personas. Oculta los valores, positivos y negativos, que allí se transmiten ¿Podríamos dejar estas cosas fuera de la idea de “calidad”? En otras palabras, una escuela que fomenta la competencia entre sus alumnos y desecha la solidaridad, que cuenta con un liderazgo vertical y autoritario, donde la única voz que vale es la del Director, donde nadie se mira ni se ayuda, pero saca alto puntaje SIMCE ¿es una buena escuela? Si la respuesta es no, podríamos decir que el SIMCE oculta justamente aquello que pretende mostrar.
La revisión de la evaluación de la educación ha de ser profunda, porque sólo cambiarle el nombre al instrumento, por ejemplo llamándolo prueba de nivel en vez de SIMCE, o sumar subsectores o incluso otras habilidades, como las interpersonales, lejos de resolver el problema actual, lo profundiza.
Es por todo esto que hemos decidido levantar una campaña para detener una medición que ha dañado tanto a nuestras comunidades escolares y al sentido último de la educación. Es por esto que decimos #altoalsimce, y que invitamos a todos a sumarse a esta cruzada en www.alto-al-simce.org
 

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