Columna de Juan Manuel Astorga: "Buen viaje, Ricarte"

Por Juan Manuel Astorga: Conductor y Editor de Radio Duna

Han pasado 15 minutos desde que despegó el avión y recién nos dejan usar los equipos electrónicos. Necesitaba sacar mi computador para escribirte estas líneas. Son demasiadas cosas las que se cruzan por mi cabeza y, la verdad, no tengo idea por dónde empezar.

Te echo de menos. Muchísimo. Aunque en estos días ya he podido retomar mis cosas, te tengo muy presente. Casi en todo lo que hago me aparece tu imagen, tu recuerdo, y me pregunto qué cosas me comentarías sobre lo que voy haciendo. Si te reirías con mis tallas de siempre, si seguirías preocupado por la cantidad de horas que estoy trabajando o si me criticarías por lo poco prolija que te pudo haber parecido alguna de mis entrevistas.

No me fue fácil aceptar este viaje. Pensé en cancelarlo. Mi cabeza está en otra parte. Mi pensamiento viaja contigo y ando con nulo espíritu de jolgorio. Pero cada vez que evalué rechazar la invitación que me hicieron a Punta del Este, imaginé lo que me habrías dicho: “¡No seai huevón, Juanma!. ¡Anda! ¿Qué te vas quedar haciendo en tu casa? ¿Llorando? ¡No poh Astorga!”. Bueno, aquí estoy, embarcado rumbo a Uruguay.

Sentado junto a mí está José Tomás, del que te hablé hace algún tiempo. Un tremendo tipo con el que nos hicimos amigos hace unos tres años y que, por esas cosas del destino, fue de los pocos cercanos míos que no alcanzaste a conocer. Un poco más atrás en el avión, va sentada Patricia Guzmán, mi ex jefa en el Mega y tu amiga cuando ambos coincidieron en Francia hace algunas décadas. Sigue igual de risueña. ¿La verdad? Parece que no fue tan mala decisión haber venido. 

Es jueves al mediodía y ya cinco personas me han preguntado cómo me siento. Ha pasado una semana desde que partiste y, la verdad, estoy igual. Se me nota menos, pero la pena es la misma. Sé que lo entiendes. Sé que si esta historia fuera al revés estarías como yo. No, estarías peor.

Perdona por la lata que te di en tu funeral, pero tenía que decirte muchas cosas. Era importante que me desahogara. No quise hablar en público, así que se me ocurrió hacerlo mientras cargaba tu ataúd. Te agradezco esa conversación que tuvimos en el trayecto entre la capilla donde te velaron y el crematorio. Tenía que decirte, por última vez, lo agradecido que estoy de ti, de la suerte que tuve de conocerte, de cómo cambiaste mi vida desde los 17 años, de haberme convertido en periodista y de cómo me transformaste en el ciudadano que soy. Nunca nadie me había querido tanto. Nunca otro me había perdonado tanto. Nunca nadie me había tenido tanta paciencia. Nunca alguno fue tan directo. Y nunca nadie fue tan leal conmigo como tú. Llegaste a renunciar a un trabajo por defenderme. No creas que no me acuerdo. Y no creas que olvido cuando por primera vez me dijiste que tu cariño por mí se había vuelto amor como el de un padre a un hijo. Tengo muy frescos en mi memoria montones de momentos de afecto, de reflexión y de diálogo. Esas inagotables jornadas de divagación contigo y Cecilia en la chimenea de tu casa, tú tomando vino y yo vodka. Me retabas porque te llevaba merlot, cuando siempre te gustó el cabernet. Yo a ti por guardarme el vodka en el freezer, cuando a mí me gusta con hielo, pero no frío. 

Traje a este viaje “La Tía Julia y el Escribidor”, el libro que me regalaste cuando cumplí los 18, el primero de mis cumpleaños al que fuiste y cuyas celebraciones evitabas perderte. “Tus fiestas son un zoológico, llenas de gente distinta”, te gustaba decirme. Ahí tu eras siempre el león, la atracción principal.

No alcanzaste a conocer mi nuevo departamento. Te habría deslumbrado la terraza, pero fijo que habrías celebrado primero lo bien ubicado que quedó en el living mi bar de siempre. Me habría encantado que lo vieras. Pero ya que estamos en ésta, me habría gustado mucho más haberme podido despedir. No pude hacerlo. Cada vez que lo pienso, mis ojos se llenan de nuevo de lágrimas. Sabías que tenía programado devolverme de la playa el viernes en la tarde para acompañarte. No quisiste esperarme y decidiste partir de mañana. Te entiendo. Me habías advertido que conmigo no querías ninguna despedida, que para los dos sería muy doloroso. 

Me pregunto dónde estarás ahora. Con quiénes estarás hablando. Qué mundos estarán descubriendo. Con esa curiosidad inagotable tuya, esto debe ser el paraíso para ti. Aprovecha el viaje, amigo mío. Aquí todos te quisieron. Por allá no dudo que eso vaya a ser distinto. 

Tu emprendes tu viaje. El mío, más corto y banal, está concluyendo y el piloto pide nuevamente apagar los celulares y computadores. Te escribo cuando aterrice. Te quiero mucho, papá. 

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