Columna come y calla por Felipe Espinosa: Olé

Por Felipe Espinosa

Si voy a un restaurante espero encontrarlo. Hace unos días me ocurrió todo lo contrario: salí de mi casa con rumbo fijo al barrio Italia. Había llamado a un local para ver si estaba abierto y cómo andaban de reservas y ningún problema. El extraño fenómeno se presentó al momento de bajar del auto y buscar la dirección. La encontramos y para nuestra sorpresa el lugar se vestía de otra marca, otra gastronomía, otra cosa nada que ver con lo que buscábamos.

O sea, alguien se fue y no avisó y el que llegó se quedó con el mismo número telefónico. Qué desacierto de las publicaciones de Internet y de los mismísimos propietarios que no actualizan todo. Como todo ocurre por algo todo el malentendido nos obligó a buscar con mucha prisa una nueva alternativa dentro de un perímetro reducido, cosa de no tener que perder mucho tiempo en traslados. Llegamos así a la imponente esquina de Miguel Claro con Santa Isabel. Una linda casona antigua enguinda la manzana con un local de ambiente europeo, con imágenes chilensis en sus muros pero muy europeas finalmente. Una sencilla decoración de barra y pequeñas mesas no opacan la excelente gastronomía que ahí ofrecen, Carrer Nou es una cocina donde hacen simbiosis de antiguas radios de principios del siglo XX con preparaciones mediterráneas de alta influencia catalana y vasca. El aire que se respira es el de cantina española y su comida es fiel representante del circuito de tapas y pintxos de la madre patria.

Como buena taberna nos ofrecieron sangría, una de las mejores que he tomado en el territorio nacional con un acentuado aroma al licor de naranjas que al mismo tiempo la dejaba bien fuerte, así que sin hacerme más problemas solicité una cubeta de hielos y con estos logré dejarla más refrescante y menos tumbadora. Compartimos unos montaditos de pimientos piquillos relleno y otros de pescado frito con alioli y aceituna, al centro también una tortilla de patatas que estaba “de puta madre” babosa, sabrosa, dorada y bien sazonada. La venden con jamón serrano y también con chorizo pero nos quedamos con la nativa que no tiene nada que envidiarle a cualquiera de las otras.

La jarra de sangría nos seguía acompañando cuando nos llegó el último y suculento plato que pedimos. Se hace llamar “Can Barris” y según mi mujer es lejos lo más loco y desconocido que he probado en nuestro largo viaje hedonista gastronómico, una paila de greda soportaba una veintena de caracoles cocidos a la cacerola con chistorra, un sabroso caldo marcado por la grasitud del chorizo embebía los pequeños gasterópodos que con la ayuda de palillos se dejaban comer tersamente explotando a cada mordida, de verdad un lujo para quienes aman a estos animalitos.

Deseo volver, la carta es corta pero interesante y muy marcada en la región en la cual se inspira. Espero en el futuro probar las patatas bravas, otra tortilla o algunos de los platos con bacalao y quién sabe si quizás me animo con alguno de sus postres como la crema catalana.

 
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