Eduardo Hernández: El amor en los tiempos de la individualidad

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Por Eduardo Hernández

¿Qué es el amor? En parte es ese sentimiento que recubre nuestro pecho y lo inunda con una sensación agradable que nos hace pensar que todo estará bien mientras estemos con esa persona. Pero también es entrega, es dependencia, es tiempo y apego, es afecto desinteresado. Es trascender nuestra propia identidad y pasar a ser Uno con el otro. Esto, tan noble, se ha vuelto casi imposible en nuestra sociedad actual.

Se nos ha inculcado la importancia del éxito, de los logros personales y profesionales, de alcanzar grandes metas. Estamos convencidos de que podemos alcanzar el Cielo aquí en la Tierra mediante nuestro trabajo y estudios. Hemos aprendido a competir por todo, a ser los mejores y a dejar a todos los demás atrás para ser nosotros siempre los primeros. Vivimos la vida como si de una carrera se tratara, sintiéndonos orgullosos de cada obstáculo que sorteamos, sin preocuparnos si dejamos a otro competidor tirado en el camino. “La vida moderna” le llaman.

En esta forma de vivir no hay espacio para el amor. Claro, muchos no lo notan. Parte del camino a recorrer implica eventualmente emparejarse, formar una familia y criar hijos que serán los herederos de nuestros logros, perpetuando nuestra forma de ver y vivir la vida. Todo eso parece ser amor, pero de éste sólo hay pequeños chispazos que de vez en cuando alcanzan para iluminar un poco la existencia de quienes creen de verdad sentir esta emoción.

El verdadero amor no se puede generar bajo estas circunstancias. Una sociedad en la que se valora tanto la individualidad forma seres humanos desprovistos de lo que se requiere para amar. El afecto esta supeditado a la razón, a la conveniencia. La búsqueda de compañero responde más a temas materiales o de estatus. ¿O no han notado el síndrome del “vestido de novia en la cartera”? Por ridículo que suene, este tema se da, y mucho. Pasada cierta edad, tanto hombres como mujeres solteros o con pareja ceden a la presión del medio para finalmente dar el paso definitivo y casarse. Esta decisión, lejos de ser motivada por razones sentimentales, es netamente guiada por el “deber ser”, con los consiguientes vicios que esto conllevará después.

La independencia y la libertad son la más pura representación de la naturaleza humana, pero también parte de nuestra naturaleza es establecer nexos emocionales con otros. De estos lazos, el más importante es el que de forma altruista decidimos tener con nuestra pareja. En esta relación no hay cabida para individualismos de ningún tipo. El amor real es el gozo de compartir lo que se es y se tiene, recibiendo a cambio lo mismo. Es formar un proyecto en común que será mejor que lo que se pudiera conseguir por separado. En el fondo, el amor significa dejar de lado la individualidad y vivir bajo un nuevo concepto, mucho más hermoso: Unidad.
 

 
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