Patricio Carrasco: "Relatos del Simce"

Por Patricio Carrasco

A 25 años de la creación del SIMCE es lamentable notar cómo los objetivos fundadores de esta prueba están lejos de cumplirse. Si la mejora en los aprendizajes a través de la medición y retroalimentación de la información era el propósito original de esta evaluación, hoy observamos cómo dicha prueba ha fomentado una mirada reducida de la calidad, cuestión que genera incentivos perversos que atentan contra el proceso educativo.

Es por eso que Educación 2020 apoyó  la campaña “Alto al SIMCE”, manifestando la preocupación por la simcificación escolar. La opinión negativa frente al SIMCE no significa un rechazo absoluto a la evaluación, sino que derechamente una desaprobación a la sobrevaloración que le ha asignado a esta prueba, política y comunicacionalmente, el Ministerio de Educación, así como a su aplicación metodológica y su utilización. La sacralización al SIMCE desvirtúa completamente el sentido y objetivos del proceso educativo.

La Fundación promovió este tema en las redes sociales para ahondar  las experiencias de directivos, profesores y apoderados sobre la aplicación de esta evaluación en sus respectivos establecimientos. Muchas de sus respuestas dan cuenta de las atrocidades que ocurren día a día en las comunidades escolares del país, relatos que evidencian el constante maltrato sicológico al que son sometidos los niños, los formadores y las familias que conforman las distintas comunidades escolares de Chile.

“Los preparan sólo para dar la prueba [y] a los mejores los obligan a no faltar (…) Ha estado en dos colegios diferentes en todo sentido, y los métodos de presión son similares. Los hacen creer que el colegio va a fracasar si a ellos les va mal”. 

“Mi hermana tenía un buen promedio en el colegio. El día del SIMCE decidió faltar. Al llegar al día siguiente la llevaron con los directores y la retaron entre todos, porque en vez de ella tuvo que responder un tal ‘Perico los palotes’, y era obvio que iba a perjudicar el ranking del colegio”.

Si a los “buenos estudiantes” se les exige y presiona de sobremanera, ¿qué queda a aquellos alumnos con bajo rendimiento académico?

El testimonio de los docentes, por otro lado, es otra muestra de la simcificación escolar. Un profesor recién egresado de la carrera de pedagogía, contratado para realizar clases de “reforzamiento” a un curso de octavo básico señala:

“Lo peor es ‘enseñarles’ conceptos que deben memorizar y no entienden para qué sirven (…) El SIMCE vuelve más complicado aún la práctica pedagógica; a los chicos no les gustan las clases aburridas, ni a los profes convertir su materia en algo detestable”.

¿Cómo nadar contra esta corriente? ¿Qué hacer? Moverse en sentido contrario es casi imposible. No adoptar el adoctrinamiento SIMCE, tal como lo señala un profesor, significa que “aquellos que no lo hacen arriesgan bajo SIMCE y la cadena de consecuencias, desde bajar el puntaje del colegio hasta despido”.

NO a la sacralización del SIMCE

La comunicación y utilización de los resultados de la prueba, en conjunto con un sinfín de elementos tales como la subvención por asistencia, el lucro, la selección de estudiantes, el financiamiento compartido y la sobrecarga curricular (entre otros) han incentivado las peores y más trágicas prácticas dentro de los establecimientos educativos, siendo castigados los principales actores de la educación: los alumnos, sus familias, los profesores y los directivos.

La mecanización de la educación es una constante que se agudiza con el transcurso del tiempo. Ya existe SIMCE en seis ejes temáticos (Lenguaje; Matemáticas; Ciencias Naturales; Geografía y Ciencias Sociales; Inglés y Educación Física), aplicada a estudiantes de seis niveles distintos de la educación escolar, que en edad representan en promedio niños y jóvenes entre 6 a 16 años. En síntesis, los alumnos, familias y profesionales de la educación son absorbidos por esa (i)lógica de adiestramiento durante once años de sus vidas como mínimo.

No bastó con sacrificar el sano desarrollo intelectual, social y emotivo de los niños, sino que además fue necesario establecer un juicio constante a los profesores en función del buen o mal desempeño SIMCE de sus estudiantes, provocando con esto una constante competencia por los incentivos salariales, en vez de crear un clima de confianza y cooperación mutua. Pero además, hoy se pretende ordenar a los colegios en una clasificación que asigna una ponderación del 67% al SIMCE y que amenaza con el cierre a las escuelas de más bajo desempeño. Ese rankeo representa una amenaza a la disminuida moral y confianza de las comunidades educativas.

Hoy, a 25 años de la creación del SIMCE en Chile, observamos como la obsesión por estandarizar todo ha reducido arbitrariamente el concepto de calidad y equidad de la educación. Con la clasificación de establecimientos estamos ad portas de presenciar relatos igual, o más deprimentes, en los diarios de vida de muchos niños, familias y profesionales de la educación. Se deja completamente en el olvido el desarrollo espiritual, ético, moral, afectivo, intelectual, artístico y físico de niños y jóvenes chilenos; objetivos esenciales de la Ley General de Educación del año 2009. Nosotros no queremos eso ¿Y Usted?
 

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