La columna vertebral de Felipe Avello: El día del profesor

Por Felipe Avello

Salí del colegio a los 17 años con un 4,9 de promedio. En la Prueba de Aptitud Académica ponderé 500 puntos. Era virgen y sólo un vez había palpado un seno. Era virgen, porro y solo.
Una vez el señor Navarro, el director de ciclo, le mostró a mi papá un informe que él mismo elaboró donde todos los profesores opinaban de mí. El señor Pincheira, miss Delia, el señor Baeza. Y todos opinaban cosas malas. Decían que era irrespetuoso, grosero, mentiroso, flojo. Mi papá, casi a punto de llorar, le dijo: “En la casa es igual”.
Esta semana se conmemoró el Día del Profesor y pese a los malos recuerdos, valoro la labor del docente. Es una profesión noble, mal remunerada y llena de sacrificios. 
Recuerdo con especial cariño al señor Sepúlveda, profesor de Historia, que siempre me alentó a desarrollar mis capacidades. Lamentablemente murió aplastado por el peso de la Historia, literalmente. Se le cayó una repisa atestada de libros y enciclopedias que arrinconaba en su pequeño departamento en el centro de Concepción.
Yo estuve cerca de ser profesor de Castellano. En 1991 postulé a Periodismo en la Universidad de Concepción y, por supuesto, no quedé. Tampoco quedé en mi segunda opción que era Derecho, no quedé en Sicología, tampoco quedé en mi cuarta opción que era Licenciatura en Historia. Y así fue como llegué por descarte vocacional a Pedagogía en Español.
Al final mi papá llegó con un tríptico de la Universidad del Desarrollo. Entré a estudiar Periodismo y al cabo de un par de años aparecí en un panel de televisión, como personaje cómico, hablando de farándula .
Pero siempre pensé qué hubiese sido de mi vida si en vez de ir a esa universidad privada donde me hacía clases Joaquín Lavín, hubiese estudiado Pedagogía. Siempre tuve esa inquietud.
Por eso, tras 15 años apareciendo en televisión (como notero cómico, panelista cómico, opinólogo cómico, o cualquier cosa que busque ser cómica), en abril comencé a hacer clases. 
Todos los sábados voy a enseñar a una humilde escuela en la localidad de Puerto Saavedra, en la Novena Región. Y ha sido la experiencia más maravillosa que he vivido en mucho tiempo. 
Es sacrificado, pero siento que es mi deber retribuirle a la vida todo lo que ésta me ha dado.  
Cada fin de semana muy temprano debo viajar en avión hasta Temuco, luego tomar un bus hasta el pueblo y volverme el mismo día a Santiago.
La escuela es un establecimiento vespertino para adultos de muy escasos recursos. Es un lugar lúgubre, sin luz eléctrica, sin baño, con pozo séptico. Los alumnos provienen en su mayoría de familias disfuncionales y muchos presentan problemas conductuales.
La idea era hacer clases de Periodismo, una especie de taller. Sin embargo, me di cuenta que las necesidades eran otras. Por eso me transformé en profesor de todo, Lenguaje, Matemáticas, Ciencias. Y más que un profesor, en un orientador, un sicólogo, un amigo.
Hoy me siento un privilegiado, ellos me han enseñado muchísimo más de lo que yo puedo entregar. Nunca en toda mi vida me había sentido tan pleno, tan feliz. Gracias a mis alumnos me siento al fin realizado. El estar con ellos, en esta modesta escuelita, es el momento más bello de la semana.
Por eso espero en el corto tiempo mudarme a la zona, dejar al fin la televisión y ese personaje nefasto que me inventé y dedicarme de lleno a educar a estos seres maravillosos.
Pd: Esta historia es falsa, nunca he hecho clases, tras 15 años en televisión sigo como panelista que busca ser cómico. Y en la casa soy igual.

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