David Trads: la vigilancia de Obama es un insulto para los aliados

Por David Trads

LONDRES: ¿Qué diablos pasa en Estados Unidos? El alcance del espionaje de la única potencia mundial ha demostrado ser peor de lo que se creía hace unas semanas. A continuación dos hechos escalofriantes: Número 1: incluso los aliados más cercanos están siendo espiados en toda su estructura gubernamental. Número 2: el presidente Barack Obama fue consciente hasta hace poco de cuán extendido está el espionaje.
Juntando estos dos hechos, hay que sumarles que la infame Agencia para la Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés), encargada de los espionajes, parece ser un estado incontrolable dentro del mismo estado. Los líderes del Congreso estadounidense están impactados por estas revelaciones -y yo creo que todos deberíamos estarlo-.
Hace unas semanas, Dilma Rouseff, la presidenta de Brasil -no sólo el país más grande de América Latina sino uno de las naciones más poderosas del mundo-, tomó una decisión casi inédita: canceló una visita oficial a territorio norteamericano, visita cuyo objetivo era acercar a las dos economías más fuertes del continente. La razón de Rouseff era poderosa: estaba furiosa -muy, muy furiosa- porque la NSA la había espiado, en especial sus llamadas por celular. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, aparentemente también era víctima del espionaje de la Casa Blanca.
Pero el escándalo se ha incrementado luego de que Edward Snowden, el ex empleado de la NSA exiliado en Rusia porque Estados Unidos lo acusa de traición, revelara que el celular de la canciller alemana era un objetivo. Es duro imaginar un país europeo, bueno, en realidad cualquier nación del mundo -aparte del Reino Unido-, que sea más cercano a EEUU que Alemania. E incluso es más difícil encontrar un político que haya apoyado más a los norteamericanos que la conservadora Angela Merkel.
La “dama de hierro”, como es comúnmente llamada, se enfureció cuando se enteró y de inmediato llamó al presidente Obama para preguntar si los rumores eran ciertos. Lo único que él pudo prometerle fue que su país actualmente no escucha sus llamadas y que no lo harán en el futuro. No dijo ni una palabra sobre lo que ocurrió en el pasado.
Un devastador reportaje publicado esta semana por The Washington Post desmenuza lo que ocurre en el “departamento de los vidrios azules y las barbas falsas”, como son llamados en ocasiones los equipos de espionaje. Hasta julio y agosto de este año, aparentemente Obama desconocía sobre estas vigilancias de alto perfil. Cuando el jefe de las agencias de seguridad lo puso al tanto y le dijo entre otras cosas que a la máxima líder de los alemanes le habían puesto micrófonos, el presidente ni siquiera se molestó. Según el influyente periódico, el mandatario admitió que hay una delgada línea entre lo que es aceptable e inaceptable.
Bueno, aquí está el verdadero problema, señor presidente. Los límites son demasiados claros, así que no debería oír lo que hablan en privado sus aliados. Cuando se monitorean llamadas telefónicas confidenciales de líderes de países libres y amigos, como Brasil y México, en América Latina, y Alemania y Francia, en Europa, está perdiendo credibilidad y confianza a un ritmo veloz. Es difícil no recordar la mentalidad del “Gran Hermano” que el escritor británico George Orwell de manera terrorífica describió en sus novelas. Estados Unidos está en la posición -tal como los gobernantes de la obra orwelliana- en la que tiene la habilidad para espiar a quien quiera (sea por teléfono, correo electrónico, redes sociales, o donde sea) y aparentemente no puede resistirse a explotar esas posibilidades lo más amplio posible.
Es hora, señor presidente, de que ponga la cara y pida perdón por lo que ha pasado, y que además se dé cuenta de que estos actos son inaceptables y van en contravía del comportamiento americano.
 

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