Columna de Joel Poblete: " Biografía de escaso vuelo"

Por Joel Poblete

Considerando el impacto mediático y universal que tuvo hace dos años la muerte de Steve Jobs, era sólo cosa de tiempo para que apareciera alguna película sobre su vida. Y efectivamente este tercer film del realizador Joshua Michael Stern no tardó en ponerse en marcha, despertando muchas expectativas, las que paulatinamente fueron desinflándose desde el estreno mundial este año en el Festival de Sundance. A partir de entonces, ni la crítica ni el público han mostrado mayor entusiasmo por “Jobs”. Y luego de verla queda claro por qué.

Las biografías cinematográficas -ya sea que aborden las vidas completas de sus protagonistas o sólo se centren en algún episodio en particular- suelen ser un fértil campo para diversas opciones visuales y narrativas, aunque lamentablemente lo más habitual, en especial en Hollywood, es que se conformen con ser convencionales y rutinarios repasos al servicio de la memoria del personaje, resaltando sólo sus rasgos positivos y casi convirtiéndose en pruebas para su canonización. Por eso se agradecen las excepciones a esta regla, como el “Toro salvaje” de Scorsese, el “Amadeus” de Forman y el “Lincoln” de Spielberg, por mencionar sólo tres ejemplos en los cuales los caracteres principales no eran simples caricaturas, sino figuras complejas que admitían más de un ángulo para ser analizadas.

“Jobs” nos engaña en distintos momentos, haciéndonos creer que su mirada al célebre emprendedor y fundador de Apple tendrá mayor relieve y mostrará los claroscuros de su personalidad. Efectivamente, por momentos asoman los arranques de soberbia e impaciencia del empresario que descolocan a sus subalternos y arrasan con amistades y relaciones laborales; algo muy distinto de la habitual imagen encantadora, afable y carismática que todo el mundo tiene de Jobs. Pero esos instantes quedan aislados en un relato plano, notoriamente más largo de lo necesario y que pese a no recorrer toda la biografía del protagonista -va desde que abandona la universidad en los años 70 hasta el momento en que da a conocer el iPod durante una convención de Apple en 2001- ni siquiera logra profundizar demasiado ni permitir que el espectador consiga hacerse una idea de cómo era realmente éste.

Puede que Ashton Kutcher de verdad logre hacer reír en algunos de los roles de comedia que lo han hecho famoso desde que se dio a conocer con la serie “That ‘70s Show”, pero más allá del ocasional parecido físico, su Steve Jobs confirma que aún le queda mucho camino por delante para desarrollarse como actor con cierto espesor dramático; lo peor de todo es que en algunos pasajes del film da la impresión de que Kutcher hubiera pensado que estaba actuando en un rol para ser nominado al Oscar. Si a eso se le suma un puñado de roles secundarios que van desde lo irrelevante a lo mal actuado (una vez más Dermot Mulroney nos obliga a preguntarnos por qué los encargados de casting lo siguen llamando), el resultado no llega demasiado lejos.

La película no sólo nunca desarrolla lo suficiente los lazos familiares del protagonista, sino además opta por no abordar su enfermedad, ambos aspectos fundamentales para comprenderlo mejor; sus caídas y fracasos, así como sus triunfos y avances, desfilan por pantalla sin mayor trascendencia, y cuando se les quiere asignar un tono edificante a sus logros, se bordea la cursilería por culpa de la poco inspirada puesta en escena, lo mal desarrollado que está el contraste entre esos pasajes y los que muestran el lado B de Jobs, y por la majadera música de John Debney.

Es ineludible comparar a “Jobs” con “La red social”, porque cuando en un principio se supo que David Fincher iba a filmar una película sobre los orígenes de Facebook, muchos pensaron que sería un aburrido y didáctico lavado de imagen para Mark Zuckerberg, y sin embargo se trató de una de las mejores películas de la última década, un trabajo notable, complejo y entretenido. Por el contrario, “Jobs” es efectivamente un poco inspirado y monótono panegírico en torno a alguien que ni siquiera llegamos a conocer o apreciar a través de la pantalla.

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