Columna de Juan Manuel Astorga: "Una canción y un poema: adiós Mandela"

Por Juan Manuel Astorga: Conductor y Editor de Radio Duna

E l tipo fue descubierto en un bar de Detroit en la década de los años 60. Cantaba increíble. Los productores que lo vieron esa noche pensaron que sería el nuevo Bob Dylan. Lo convencieron de grabar un disco. Su talento era impresionante pero aún así, no le fue bien. Lo intentó con un segundo álbum, pero tampoco tuvo éxito. Nadie conoció en Estados Unidos a Sixto Rodríguez. Fue tan sonado su fracaso ante las expectativas que le generaron que se llegó a rumorear que sus días de oscuridad lo llevaron al suicidio.

Al otro lado del mundo, y sin que Rodríguez se hubiese enterado, sus temas sonaban con la profusión de un disco de Los Beatles. Sin que nadie realmente pueda explicar el por qué, esos dos discos se convirtieron en piezas de culto en Sudáfrica. Lo que Rodríguez no alcanzó en su país, terminó consiguiéndolo sin saberlo en el continente africano. Desató una fama insospechada y su figura se transformó en una efigie musical sin comparaciones hasta ese momento. Sus temas, de corte romántico y melancólico, se transfiguraron en íconos de oposición al apartheid. Eran los himnos contra la segregación racial. Era la banda sonora de la historia de Nelson Mandela, fielmente reflejada en el documental “Searching for Sugar Man”, ganador del Oscar 2013.

Esas canciones han vuelto a sonar con emoción por estas horas en las radios sudafricanas. Son los poemas que musicalizan el momento más triste que ha vivido este país desde el apartheid. Mandela ha muerto y el pueblo sudafricano lo llora con Sixto Rodríguez como la banda sonora de fondo. 

“Cuando uno ha hecho lo que creía necesario, puede descansar en paz”, dijo alguna vez Mandela. Abruma saber que lo que él hizo fue un sacrificio. 

Estuvo en la cárcel durante 27 años por defender a los negros. El haber negociado la transición, la paz, la democracia y convertirse en presidente sin odios ni rencores, lo elevaron a la categoría de santo. Su presidio, ese que no pudo matarlo aunque varios lo desearon, terminó siendo la razón que ahogó al sistema político que lo había discriminado. La prisión de casi 30 años templó su carácter y fortaleció sus convicciones, aunque al mismo tiempo, dañó sus pulmones de tanto picar piedras, el trabajo forzado al que era sometido cuando no estaba tras los barrotes. 

Aún cuando buena parte del mundo intentó aislar a la Sudáfrica blanca por racista, ni las sanciones o los boicots comerciales lograban derribar la segregación racial que ya en el comienzo de los años 70 eran castigadas por la Organización de Naciones Unidas, a través de la Convención Internacional sobre la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid. Fueron las negociaciones que “Madiba” (como se le conoció a Mandela) efectuó en secreto en sus últimos años tras las rejas con el presidente Frederik de Klerk lo que facilitó el término del sistema de apartheid. Ya en libertad, Nelson Mandela pudo retomar el liderazgo de su partido, que fue legalizado como otras organizaciones que habían luchado contra el régimen. Esa colectividad, el Congreso Nacional Africano, CNA, fue considerada como un movimiento terrorista por numerosos países del mundo hasta que Mandela llegó a la presidencia. De hecho, al asumir el poder fue explícito en decir que no era la vía armada la forma de pacificar a un pueblo enfrentado. Sin embargo, países como Estados Unidos, tuvieron al Premio Nobel de la paz en la lista de “presunto terrorista” hasta hace cinco años. Por lo mismo las palabras que ayer pronunció el actual mandatario estadounidense, Barack Obama, cobran particular sentido. “No puedo imaginar mi vida sin su ejemplo”, dijo el gobernante negro.

El poema

Muchos años antes, en 1910, otro presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, escribió: “No importan las críticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto. Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso”. Esas palabras se convirtieron en un poema que Mandela leyó en la cárcel una y otra vez para resistir el encierro y la ausencia de sus seres queridos. Ese mismo poema es el que el entonces presidente sudafricano le entregó al capitán del equipo nacional de rugby, Francois Pieenar, antes de la final del Campeonato Mundial de 1995.
 
La escena está retratada en la película “Invictus”, que cuenta la inspiradora historia sobre cómo Mandela (Morgan Freeman) junta sus esfuerzos con el capitán del equipo, interpretado por Matt Damon, para ayudar a unir el país. Pocos saben que esas palabras que tantas veces leyó Mandela en prisión y que luego traspasó a Pieenar, eran en realidad de un presidente norteamericano. Pocos supieron también que un cantante desconocido en Estados Unidos, fue un fenómeno antirracial en Sudáfrica. 
 
Con Mandela desaparece una de las grandes figuras políticas del siglo XX. Nos quedará su legado, pero además el poema de Roosevelt y la música se Sixto Rodríguez para llorarlo.
 
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